VACACIONES CON NIÑOS

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Alquilamos un bungalow para pasar quince días en un pueblo de Málaga, mi marido Javier, mi hijo Hugo de tres años y yo. Además de la vivienda de una sola planta teníamos un pequeño jardín con césped, suficiente para no estar dentro de la vivienda salvo para cocinar y dormir, sobre todo pensando en Hugo.

La primera noche cenamos en el jardín para descansar del viaje y conocimos a los vecinos, aunque simplemente nos saludamos. Llamaba la atención lo dispar que era la pareja, ella alta para ser mujer y muy delgada, con el pelo cortísimo y teñido de color verde manzana. El medía casi dos metros y la complexión de un jugador de rugbi. Ambos de raza negra y piel muy oscura. Posteriormente nos enteramos que eran de Sudáfrica.

Al día siguiente oímos chapurrear a un niño pequeño y era la hija de cuatro años. Nos saludamos cortésmente en inglés y desayunamos. Hugo no hacía nada más que querer ir a la alambrada que separaba ambos jardines para ver a la niña que parecía tener el mismo empeño.

Como ocurre siempre con los niños, su proximidad contagia a los adultos y empezamos a pasar tiempo juntos, en una casa u otra, sobre todo para que los niños jugaran. En su jardín tenían una piscina hinchable y allí se pasaban los dos las horas. Los adultos tan contentos, estaban entretenidos y nos dejaban tranquilos.

Una tarde después de comer llevé a Hugo a su casa y ella me dijo que la niña estaba con su padre en el jardín, cuando salí Akama estaba durmiendo boca abajo en una tumbona y desnudo. Metí a Hugo en la piscina y al darme la vuelta, entre sus piernas, vi un pene de más de un palmo. Cortada y asombrada, entre la vivienda y le dije a Camilla que en una hora volvíamos.

Otro día quedamos para cenar pescadito frito en La Cariguela y fuimos todos en su coche, un monovolumen. A la vuelta los niños iban dormidos, les pusimos en una tumbona a cada uno para que siguieran durmiendo y nos tomamos una copa de cava. Al final de la velada, tres botellas después, al despedirse nos dimos abrazos al estilo africano. Cuando Akama me estrujó entre sus brazos un hormigueo me recorrió el cuerpo. No sé que fue, el olor, la piel, la manera de abrazarme o la fuerza con que lo hizo. La verdad es que me excité.

A partir de entonces empecé a mirarle de manera distinta. Con solo verle en bañador, la piel tan negra siempre brillante, imaginando su enorme pene dentro de la fina tela y todo ello unido a la forma en que me miraba me ponía nerviosa.

Nos veíamos casi todos los días e incluso bajábamos juntos a la playa. Tanto contacto con Akama me estaba poniendo de los nervios y más de una vez me tuve que ir al aseo para tocarme y poder relajar el calentón.

Una noche se rompió una copa de cava y Camilla se cortó en el pie con los cristales, decidimos que lo mejor era acercarnos al hospital y que le miraran el corte. Javier se ofreció a llevarles para salvar la barrera del idioma con el personal sanitario y finalmente decidimos que lo mejor era quedarnos Akama y yo con los niños mientras ellos iban al hospital, total lo más que iban a hacerle era ponerle algún punto de sutura.

Con los niños acostados en la misma habitación y las copas a medio consumir decidimos acabarlas antes de que se calentara el cava. Nos sentamos en una hamaca y nos pusimos a hablar de las diferencias culturales entre África y Europa.

No sé cómo ocurrió, pero me encontré con su brazo por encima de mi hombro y acariciándome un pecho. Le miré y me besó delicadamente en los labios. Fui yo quien los abrió y metió la lengua en su boca. Me levantó como si fuera una pluma y me sentó de frente encima de él. Nos besamos de nuevo y empecé a notar su bulto pegado a mi pubis. Empecé a mover las caderas para apretarme contra él y me cogió del culo para imitarme. Cuando un dedo me tocó la raja desde atrás, por dentro del biquini, perdí los papeles.

Me incorporé de rodillas con los muslos a los lados de su cadera y empecé a restregarme los pechos contra su torso. Voló la parte de arriba del bikini y tuve un calambre entre las piernas cuando empezó a chupármelos y noté que se estaba bajando el bañador.

Su monstruo se colocó entre mis piernas y fui bajando mientras se colaba dentro de mí. Nunca había sentido los pliegues del sexo tan tirantes aunque en ese momento solo me importaba la necesidad de tenerle dentro de mí. Empecé a subir y bajar sobre su eje cuando oímos el motor de un coche que se paraba. Solo podían ser nuestros respectivos cónyuges así que nos separamos y nos sentamos como si estuviéramos conversando. Efectivamente eran ellos.

Akama besó a su mujer y le preguntó que la habían hecho. Una pequeña grapa había solucionado el problema, aunque no debía mojarse la herida en un par de días para que se le cerrase el corte. Cogimos a Hugo en brazos y nos fuimos a nuestra casa. Le acostamos en su dormitorio y de camino al nuestro Javier me cogió los pechos. Caliente como estaba se lo agradecí, me iba a quitar la calentura provocada por Akama.

Dos días más tarde Javier tuvo que acercarse al banco porque tenía problemas con la tarjeta de crédito. Camilla se quedó con los niños en casa y Akama y yo fuimos a comprar al super. Nada más alejarnos de casa se desvió por un camino que acababa en un acantilado frente al mar. Sacó una manta del capo del coche y al extendió en el suelo. Me desnudó y me hizo tumbarme sobre la manta, me metió su lengua en el coño y me folló con ella hasta que me corrí. Nos incorporamos, yo de rodillas y el de pie, y empecé a chupársela hasta que la tuvo dura como el acero. Me puso de pie y me levanto en volandas, cerré las piernas en torno a sus caderas y me penetró mientras me besaba.

Ensartada por su miembro me sentí feliz. Empezó a subirme y bajarme con las manos en el culo e hizo que me corriera. Jamás me había penetrado una polla de aquellas dimensiones, grande y gruesa, el morbo fue un ingrediente más cuando me corrí de nuevo al sentir su corrida dentro de mí.

Nos tumbamos y callados empezamos a acariciarnos con las lenguas. Empezó a ponérsele dura otra vez y me la metí en la boca para animarle. Cuando tuvo la consistencia necesaria me senté encima de él y descendí para tenerle dentro de nuevo. Ahora yo marcaba el ritmo, me incorporaba hasta que solo la punta tenía contacto con los labios exteriores y me dejaba caer de golpe, sentía como si me desgarrara por dentro. Se vació antes que yo y la seguía teniendo dura, suficiente para correrme yo.

Me tumbo encima de él con la cara hacía su polla y empezó a chuparme. Sabía que se estaba comiendo su propia corrida porque notaba como resbalaba de mi interior. Empecé a chupársela, primero a lo largo desde la base para recoger mis fluidos y luego me ocupé de vaciarle las perlas que aún salían de su capullo.

Nunca le había puesto los cuernos Javier y nunca he repetido. Reconozco que nunca me he arrepentido de haberlo hecho con Akama y no solo por el momento vivido, también por el recuerdo que me dejó y que tantas satisfacciones me ha dado y me seguirá dando cuando me masturbo a solas.


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