Los asientos de la calesita de la plaza

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El dueño de la calesita de la plaza se acercó a ver cómo andaban las cosas y de paso hacer una limpieza, que a esas alturas debía estar lleno de hojas secas y polvo por todos lados. Abría el candado cuando vio que la lona que cubría la calesita estaba agujereada en varios lugares; sintió un apretón en el corazón, ya imaginando lo peor. Y tal cual lo imaginara miró a través de los agujeros y vio que los caños estaban pelados, sin ningún asiento; le habían robado los autitos, los avioncitos, los caballitos y los elefantitos. El pobre hombre se sentó en la orilla de la calesita y se puso a llorar. De pronto reparó en un papelito blanco atado con hilo en uno de los caños. Los ladrones seguramente le habían dejado un mensaje con alguna burla, pensó. El papel decía así: 

Hola don Javier: 

   En primer lugar le pedimos perdón por la manera en que hemos desaparecido, pero usted sabrá comprender... la pandemia vio. Pero no se preocupe que estamos bien. Cuando todo el flagelo pase podrá encontrarnos en el Uruguay. 

Con afecto, los asientos. 

P.S. Perdón por lo de la lona pero necesitábamos hacernos tapabocas. 

                                                                 Fin. 


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