Autorreparable

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Cuando el padre le entregó el juguete el hijo dijo: 

   ¿Cómo que es autorreparable, es solo un muñeco articulado, papá?, y agregó, si se rompe no queda otra: o lo arregla uno  o "adiós soldadito". El hombre giró una vez más el muñeco y lo observó desde todos los ángulos posibles, pero no vio ningún botón que disparase algún dispositivo oculto haciendo que el propio juguete se reparara solo, como especificaba el fabricante chino en el reverso de la caja. 

  Bueno, trata de que no se rompa ni que lo agarre el Terry, advirtió el padre, recordándole que tomara cuidado con el perro, que tenía la maña de romper cualquier cosa que encontrara en el piso. 

   Días más tarde el chico simulaba una batalla cuando al soldado se le rompió la pierna derecha, en la coyuntura donde se une al cuerpo. El chico se quedó mirando con una mueca de resignación el hueco en la parte interna de la pierna y el pedazo faltante sujetado al cuerpo del muñeco, un pequeño muñón formado por plástico y un tornillito. 

   Nada que hacer, irreparable, pensó el chico, dando de hombros. 

   El soldado y la pierna fueron a parar la caja de juguetes rotos en el galpón taller de su padre y el muñeco, promocionado como autorreparable, quedó mutilado y en el olvido. 

   Para su cumpleaños número once entre los muchos regalos que recibió de sus padres, amiguitos, primos, tíos, tías y abuelos otro soldado, idéntico hasta en el color al que se le había roto meses atrás, llegó a sus manos. 

   Por la mañana jugaba a la guerra cuando la pierna izquierda del soldado se rompió en la coyuntura, tal cual la pierna del otro soldado. El chico, muñeco y pierna suelta en manos, levantó la vista y la lógica obvia se hizo idea en su mente al instante. 

   Cuando llegó su padre le preguntó si cuando tuviera tiempo podía arreglarles los muñecos. 

   Solo hay que sacarle la pierna buena a uno de los dos y colocársela al otro, le dijo el chico. El padre se tomó un momento para responder, reflexionaba sobre algo que estaba más allá de la reparación de los muñecos, como una oportunidad de múltiples oportunidades concentrada en aquel momento íntimo junto a su hijo. 

   Ok, Micky. Mañana es sábado, recuérdamelo por la tarde, le dijo y añadió, pero tú me ayudarás, ¿ok? Verás que no es tan difícil de arreglar.

   Ok, papá, los dejaré en el taller, dijo el hijo, satisfecho.

   Por unos breves momentos, mientras Micky caminaba hacia el galpón taller, las miradas de los muñecos, que oscilaban en sus manos, subiendo, bajando y volviendo a subir, se cruzaron y sus mentes se dijeron algo telepáticamente. Después de dejar los muñecos en la mesa de trabajo de su padre, Micky apagó la luz y cerró la puerta y el sonido de sus pasos alejándose se confundió con las voces de sus padres hasta que pasado un rato todo quedó en silencio. 

   La claridad aún era posible por la luz de la tarde entraba a través de una ventana junto a la mesa. Allí, inmutables, los dos muñecos yacían simétricamente dispuestos uno al lado del otro, separados por sus respectivas piernas rotas. Ninguno se atrevía aún a moverse o a dar el primer paso (todavía era peligroso porque alguien podía entrar); en sus mentes, que habían dejado de comunicarse desde que fueron dejados sobre la mesa, cada uno ideaba estrategias para quedarse con la pierna buena del otro. La claridad derivaba hacia la oscuridad total cuando la luz de mercurio de la calle penetró, dejando el recinto extrañamente iluminado por una claridad espectral.

   Ya los ruidos de la casa habían cesado por completo hacía una media hora y los provenientes del exterior se reducían al de unos pocos vehículos que pasaban a cada tanto. 

   El soldado de la derecha empezó a girar la cabeza lo más lentamente que le era posible hacia donde estaba el otro soldado cuando algo lo golpeó de lleno en la cabeza. El de la izquierda lo había agarrado desprevenido, golpeándolo con su pierna rota. Ahora, medio aturdido y desorientado, daba manotazos errantes tratando de encontrar su pierna. Un nuevo golpe en la barriga lo hizo doblarse en dos, pero cuando se dio cuenta de su error un nuevo golpe en la cabeza le hizo perder la consciencia. El otro soldado se apoyó en una lata de aceite y se puso de pie, después, equilibrándose con cierta dificultad, de salto en salto llegó hasta una especie de miniarmario con cinco hileras de dos pequeños cajones cada. Abrió uno de los cajones de la hilera de abajo, solo había allí tuercas y arandelas de varios tamaños y en el cajón de al lado encontró una variada cantidad de pequeños clavos. En los dos siguientes de la segunda hilera encontró tornillos sin tuercas en uno y tornillos con tuerca y arandela en el otro. Pero en el primer cajón de la tercera hilera encontró más de lo que buscaba: un juego de pequeños destornilladores de mango de plástico dentro de una caja plástica de tapa transparente. A sus espaldas escuchó un ruido y se volvió de inmediato, el otro soldado ya no estaba y se había llevado las dos piernas rotas. Escudriñó a través de los frascos de vidrio, pero no detectó ningún movimiento. Dejó caerse y se puso a abrir la tapa de la caja; desprendió el menor de los destornilladores y después de pararse lo asió por el hierro y se puso en guardia, como hacen los bateadores de béisbol cuando esperan el lanzamiento del pitcher. De nada le servía a ninguno de los dos quedarse quieto, si de todas maneras al otro día uno de los dos sería elegido al azar para las dos únicas posibilidades que a ambos estaba reservada: la amputación total y la restauración completa. De repente comenzó a oír algo como que estuviera siendo deslizado en alguna parte, entonces levantó la cabeza. Algo redondeado se asomaba en lo alto del miniarmario, dio tres saltos y se protegió detrás de un frasco grasiento. Una lata cayó justo donde había estado parado, y con el impacto la tapa se abrió y unas cuantas bolitas aceradas de rulemanes rodaron hacia el suelo y se multiplicaron en cientos de tic tic mientras que la lata vacía se bamboleaba peligrosamente cerca del borde de la mesa. Tuvo que actuar de inmediato, si la lata caía alguien en la casa podría escuchar y venir a ver qué sucedía, entonces dio dos grandes saltos y atajó la caída trabándola con el destornillador. Miró hacia el armario, el otro soldado pendía del borde tentando alcanzar con el pie la manilla de un cajón. Rápidamente rodó sobre si mismo hacia la caja donde desprendió otro destornillador (el que le seguía en tamaño al anterior), se levantó y con la misma postura de bateador de antes esperó junto al miniarmario que el otro bajara. 

   Al otro día, al entrar al galpón taller, padre e hijo se miraron en silencio. Sobre la mesa vieron un soldado completamente restaurado mientras el otro, sin la pierna sana y con la cabeza partida, yacía caído en el piso. 

                                                             Fin.


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