Tadeo, el invisible

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Tadeo un día resolvió ser mago, exactamente el mismo día que le declaró su amor a Corina y ella le dijo que lo quería apenas como amigo. Tadeo entonces dedicó todo su tiempo a recorrer todas las bibliotecas de Buenos Aires y devorar todos los libros de magia que pudo encontrar; también viajó por todo el territorio nacional y se entrevistó con cientos de curanderos y pasó una temporada en el Amazonas tomando clases con varios chamanes y por último se compró la colección entera de Carlos Castañeda. Tadeo estaba atrás de un gualicho de amor infalible, cosa que nunca consiguió. Probó fórmulas y brebajes extraños hasta que una noche, después de volver de un trance cósmico, Tadeo notó que no podía ver su sombra; corrió a verse en el espejo, pero lo único que pudo ver fue lo que estaba a sus espaldas: había conseguido, sin quererlo, hacerse invisible. El problema de Tadeo fue que no consiguió volver a su corporeidad, por lo demás sus sentidos continuaron como siempre. Ahora estaba en un serio aprieto, si antes Corina lo rechazara cuanto más ahora que no podría verlo. Pero Tadeo, que nunca fuera pesimista, lejos de deprimirse o refugiarse en la cima del Aconcagua a llorar de tristeza, se dijo que si Corina no podía ser suya tampoco sería de ningún otro hombre. Desde esa noche en adelante se dedicó a seguir sus pasos y hacerle la vida imposible a los hombres que osaban ponerle el ojo encima. 

   Y así, por donde pasaba la bella y escultural Corina dejaba secuelas. Por lo que Tadeo cuando veía que un hombre la miraba con lascivia le metía los dedos en los ojos; al que le decía algún piropo le daba un golpe de karate en la garganta y a los que le decían algo subido de tono les daba un buen patadón en los huevos. Y ni hablar cuando Corina quería ir a la playa, a los colectivos se le pinchaban las todas las ruedas y los trenes cambiaban de dirección, porque algún gracioso había hecho de las suyas con el cambio de agujas, es decir Tadeo. Pero él no se limitaba solamente a escarmentar a los hombres y a impedir a cualquier costo que Corina frecuentara las playas sino que hasta elegía la ropa que debía usar, de modo que no llamara demasiada la atención. Cuando Corina entraba a una tienda y la ropa que escogía no se adecuaba al gusto preestablecido por él, Tadeo, dentro del probador, no bien ella se la probaba se la rasgaba. De esa manera, o ella pensaba que la ropa de esa tienda era de mala calidad o la vendedora desconfiaba que ella la rompía de propósito; entonces le decía que no tenía más ropa de su talla, para que se fuera a romper ropas a otra tienda. Así, a Corina no le quedó otra que vestir recatadamente, ya que era el único tipo de ropa que pasaba la prueba del probador, e ir envejeciendo solterona, porque parecía que la muchacha tenía un ángel guardián bastante celoso. 

   La ventana del cuarto de Corina estaba a la misma altura que la ventana del edificio de enfrente y entre los dos edificios había un callejón donde Tadeo montaba guardia, no vaya a ser que un sátiro se le diera por espiarla mientras se cambiaba de ropa. Como todos las noches, Tadeo acompañaba a su amada hasta la entrada del edificio y se encaminaba al callejón donde se apostaba a vigilar la ventana. Una noche ocurrió algo que ocurría siempre, pero que nunca le inspiró desconfianza: cuando la luz de la habitación de Corina se prendió la de enfrente se apagó, y esto alarmó al amante invisible. Tadeo creyó que debía averiguar si allí había gato encerrado. Tenía dos opciones o llamar a la puerta de Corina y cuando ella abriera escurrirse dentro y desde allí ver lo que sucedía en el otro departamento o tocar a la puerta del otro departamento y ver in situ qué hacía el ocupante. Pero pensó que si veía algo raro desde el departamento de Corina ella podría asustarse o desconfiar de algo cuando él golpeara la puerta para que ella la abriera para poder salir y viera que no era nadie. Por otro lado si usaba el mismo método para entrar al otro departamento y descubría que allí vivía un hombre que espiaba a su amada, al romperle los huesos, el hombre haría correr la voz de que una entidad invisible asolaba el edificio y, días más días menos, el chisme llegaría a los oídos de Corina y podría empezar a atar cabos y acordarse de las ropas que se rompían solas y de los hombres que a su paso se agarraban la cara y maldecían por sus pinchazos en los ojos, o se agachaban y empezaban a hacer flexiones después del patadón en los huevos, o que parecían estar atragantados con alguna tripa luego del golpe de karate. Entonces se le ocurrió otra idea, buscó entre los pastos hasta que encontró lo que buscaba; cascotes. El primer cascotazo quebró el vidrio de la ventana del departamento frente al de Corina y cuando un hombre se asomó preguntando quién había sido el hijo de puta, Tadeo le rajó la cabeza de otro cascotazo. Al final, Tadeo nunca supo si el hombre era un degenerado o no, pero la luz de su departamento nunca más se apagó cuando la de Corina se prendía.      

                                                               Fin. 


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