El cambiazo

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Rupertino levantó la vista y escrutó el horizonte, el sol ya se ocultaba y nubes de frío llegaban desde el sur. Escupió sus manos, se las frotó, empuñó el hacha y siguió con su labor haciendo volar astillas entre golpe y golpe mientras la pila de leña crecía, prometedora de rancho caliente para pasar la noche. En eso estaba cuando se acercó el patrón. 

   "Diga pues, don Zoilo", dijo, suspendiendo la trayectoria de un hachazo. 

   "¿No has visto al tobiano, vos?", dijo don Zoilo, paseando la vista de un lado a otro. Rupertino dio un vistazo ligero, igual al del patrón, por los alrededores. 

   "No, patrón, ni la sombra, dijo, va a ver que está metido en el monte". Don Zoilo miró hacia el monte, al final de la propiedad. 

   "Bueno, largá eso y andá a ver si está allá entonces", dijo, poniendo cara de preocupación. La misma preocupación que asombró los pensamientos de Rupertino, porque si el caballo no estaba en el monte le iba a suceder como la última vez cuando tuvo que ir a buscarlo al campo de los Gómez, por causa de una yegua en celo cuyo hechizo el viento había traído hasta sus narices. Pero el problema ahora presentado estaba en que en aquella ocasión no hacía tanto frío como hoy.

   "Caballo de mierda", se dijo para sus adentros, pero no tuvo más remedió que largar el hacha y salir sin decir "mu" para el monte. El tobiano era el preferido de su patrón y éste no se quedaría sosegado con un simple "allá no está, patrón", lo que significaba que tendría que seguir buscando bajo la noche helada hasta dar con el animal. 

   Llegando al monte, para pesar de Rupertino, solo encontró una comadreja vieja y la ausencia de los pájaros en los árboles. 

   "No te digo yo, si hasta los pájaros ya se han acovachado en los nidos mientras al gaucho acá se le van a congelar hasta los huesos dentro de poco", rezongó para nadie Rupertino. Cuando salió del monte vio el bulto del patrón, entre el chiquero y la casa, visteando el monte; le hizo señas de que el caballo no estaba y el patrón le devolvió otras señas muy distintas a la suya, y que no esperaba, porque eran para que siguiera buscando. 

   "¿Buscar adónde?", volvió a rezongar Rupertino. 

   Pero órdenes son órdenes y obedece quien debe, habrá pensado Rupertino porque siguió por el camino de tierra que ladeaba el monte rumbo a un destino incierto. La noche impiedosa caía vertiginosamente sobre su humanidad y el frío ya traspasaba la magra protección de las alpargatas, haciendo que los dedos de los pies le ardieran como si caminara sobre brasas. Ya había andado unas dos leguas cuando, pasando por una estancia, vio el alambrado roto. 

   "Cuatreros" pensó. A unos metros, le pareció ver el bulto de un caballo. Saltó la zanja y se acercó, esperanzado de que fuera el tobiano. ¡Qué nada!, se había equivocado, era un caballo sí, pero blanco. Blanco y manso, porque cuando llegó al lado el animal ni se movió. 

   "No es para menos con este fresquete", reflexionó Rupertino, sobre la inmovilidad del animal, y al momento, como soplado al oído por la voz mañosa del diablo, se le ocurrió una idea descabellada. Entonces se sacó el cinto, lo pasó por el pescuezo del caballo y se lo llevó de tiro. 

El rancho del gaucho Etchegoyen, su amigo del alma, casi ni se veía bajo la noche oscura, porque el hombre lo había pintado de marrón cascote; de día parecía un nido de hornero cocido, pero de noche y sin luna parecía una parva de lino seco. Tras los ladridos de los galgos la puerta del rancho se abrió, irrumpiendo, con el resplandor del interior, en la noche y como una espada de luz cortando el patio en dos. 

   "Soy yo, Etchegoyen. Rupertino", dijo. El gaucho Etchegoyen, después de oír la historia de Rupertino, le dijo que no había visto ningún tobiano suelto. 

   "Tal vez sea obra de los cuatreros, que andan asolando el pago", dijo el amigo. 

   "Y pa´ piorar la cosa, si vuelvo sin el tobiano al patrón no le va a gustar ni un poco y me va a mandar a seguir buscando por otro lau, por eso ando con este blancuzco a tiro", dijo Rupertino, señalando el caballo. 

   Entonces le contó cómo lo había conseguido, y en seguida le preguntó:

   "Decime una cosa, ¿te sobró un poco de pintura, de esa que pintaste el rancho?" Etchegoyen lo miró raro.  

   "Sí, ¿por qué?", preguntó intrigado. 

   "Lo voy a disfrazar de tobiano", le dijo Rupertino. 

   "¿Estás tomau, vos?, le dijo el amigo, ¿no se te dio por pensar que don Zoilo no se tragará el anzuelo o crees que el hombre es zonzo?" 

   "No, pero si de noche todos los gatos son pardos, por qué los tobianos no deberían de parecerse entre sí", respondió Rupertino, animado con la idea. 

   "¿Ajá, y cuando amanezca, qué le vas a decir?", preguntó Etchegoyen. 

   "Ah, mañana e´otro día, Etchegoyen. Ya voy a pensar en algo", dijo Rupertino y reiteró:  

   "Pero, ¿te sobró pintura o no?" 

   "Sí, me sobró, como para pintar dos caballos enteros", dijo el amigo y se pusieron a pintar el caballo atrás del rancho. 

   Al rato, Rupertino salió con un balde de pintura en la mano y la otra tirando del caballo. Como a media legua, antes de llegar a destino, la pintura se había secado por completo y el caballo parecía caminar como los caballitos de juguete de patas articuladas. 

   Cerca del monte, Rupertino se quedó espiando un buen rato para la casa del patrón, quería estar seguro que no andaba afuera. Cuando vio que no había moros en la costa siguió. Abrió la tranquera despacio y llevó el caballo al corral. Después escondió el balde detrás de unos yuyos y se acercó a la casa del patrón. 

   "Mire, don Zoilo. Ahí lo tiene al sotreta, el muy ladino andaba por un callejón, cerca del río", dijo Rupertino. El patrón se asomó a la galería y miró hacia el corral y pareció quedar conforme. 

   "Buen trabajo, Rupertino. Podés volver a tu rancho ahora", dijo y entró en la casa. 

    "Podés volver al rancho ahora, mmm. Viejo sotreta, vas a ver mañana, vos", dijo para sus adentros Rupertino mientras iba a juntar un poco de leña para prender el brasero. 

   "Y ni fue capaz de guardar el hacha, el viejo sotreta ese", rezongó, al ver el hacha donde la había dejado. Después de prender el brasero en el patio para que no le humeara todo el rancho agarró el balde de pintura y despejó lo que quedaba de pintura en el corral.  

   Al otro día bien temprano don Zoilo fue a llamarlo al rancho. 

   Cuando Rupertino salió el hombre le señaló el corral. Allá estaba el falso tobiano, la parte pintada refulgía bajo los primeros rayos del sol. 

   "¿Y eso, don Zoilo?", dijo Rupertino, con la cara de más zonzo que fue capaz. 

   "¿Y eso?, digo yo", dijo don zoilo, con la cara de más estúpido que pudo. 

   "No sé, vamos a ver qué pasó, don Zoilo", dijo Rupertino. 

   Los dos hombres se acercaron al corral. 

   "Mire, don zoilo, mire el suelo", dijo Rupertino, mostrándole el charco pisoteado de pintura. 

   "¿Qué ha pasado acá?", dijo el patrón, mirando el enchastre y al caballo al mismo tiempo mientras luchaba en su mente para atar los cabos sueltos del enigma que tenía delante de sus ojos. 

   "No está viendo, don zoilo, por la noche algún sotreta le ha hecho el cambiazo. Si no fue algún cuatrero que Dios me perdone por la injuria", dijo Rupertino, persignándose como cuatro veces 

                                                                        Fin. 


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