La mosca

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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Ambrosio se quejó: "De nuevo otro fin de semana". La queja venía a cuenta del olor a madera quemada que a través del tapial llegaba a su nariz, preanunciando el acostumbrado asado del vecino. Ya en la cocina de su casa, el guiso de mondongo estaba en marcha. 

   "Ya me tiene hasta acá guiso de mondongo todos los santos fines de semana", exclamó Ambrosio, insatisfecho con la comida que le llenaba el estómago los sábados y domingos. 

   "Quién me diera ser una mosca para relamberme la jeta con el jugo del asado del vecino desgraciado que me tocó por vecino", se quejó una vez más Ambrosio. Después, abatido y decepcionado, se sentó en el tronco del árbol que hacía de banco en el patio, cerró los ojos y al poco tiempo se durmió. Algo, un ruido cualquiera, lo despertó. Todo le pareció gigantesco y al mirar a un lado el tronco, en el cual hasta hacía poco estaba sentado, ahora era una inmensa masa de madera lejos del piso, con lo que se llevó un tremendo susto que en seguida se convirtió en terror cuando se miró a los lados y descubrió que tenía dos alas transparentes adheridas al cuerpo y en lugar de los brazos tenía dos apéndices negros y asquerosos, o seis, porque las piernas, que ahora eran cuatro, se les parecían; también se dio cuenta que su visión abarcaba mucho más que de costumbre. Entretanto, demoró unos momentos en darse cuenta que ya no era el hombre que siempre fuera sino que se había transformado en mosca. Por unos instantes intentó pensar cómo tal metamorfosis de la naturaleza fue posible, pero la subjetividad propia del ser humano lo fue abandonando rápidamente y entonces, preso al destino del insecto en que se había transformado, siguió su instinto. Levantó vuelo, revoloteó un par de veces por el patio y apenas captó el olor del asado se frotó las manos y se dirigió a la casa del vecino. No bien llegó a sus dominios se zambulló a todo vuelo hacia la parrilla, que para su decepción ya estaba completamente vacía. Buscó a su alrededor el paradero de la carne y cerca suyo divisó al vecino que ya entraba a la casa con la fuente repleta entre sus manos. El instinto le dijo que no podía demorarse en preguntas que de nada servían en ese momento crucial, así que salió a todo vuelo tras el hombre. Pero por desgracia no pudo completar su cometido, justo cuando ya lo alcanzaba el hombre ya entraba completamente en la casa, entonces se estampilló contra el mosquitero de la puerta. Resignada no tuvo otro remedio que contentarse con lamer la parrilla, no sin antes esperar por mucho tiempo a que las brasas se extinguieran por completo. Del otro lado del tapial se oían gritos: 

   "¿Dónde se habrá metido este hombre?", se preguntaba la esposa. 

   "¡Ambrosio¡ ¡Ambrosio!", gritó más alto la mujer,  pero Ambrosio, la mosca, ya no comprendía el lenguaje humano. 

                                                         Fin. 


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