El botín

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
54 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
ManualidadesEn.casa - Haz manualidades en casa. Cientos de proyectos para desarrollar tu creatividad, con diversos tipos de materiasles y niveles de dificultad.

El hombre se asomó y miró hacia los lados. 

   "¡Allí, allí,­ nuestro hombre!", susurró el detective Murdock. Su compañero, el detective Stephens, miró hacia el sujeto. 

   El sospechoso parado en la entrada del callejón, después de mirar hacia los lados, se disponí­a a seguir su camino cuando vio un automóvil negro estacionado en la vereda de enfrente. Adentro dos hombres miraban en su dirección. 

   El detective Stephens iba a decirle a su compañero que el sujeto de la fotografía del dossier en sus manos no se parecía en nada al del callejón cuando el compañero, explotando en furia, gritó: 

   "¡Nos vio, ya nos vio!". En seguida, descendió rápidamente del automóvil y se precipitó a toda carrera hacia el hombre. El detective Stephens, sin importarse demasiado en la diferencia de apariencia entre sospechoso y bandido, después de todo no estaban lidiando con ningún amador sino con un maestro del engaño y además su actitud sospechosa lo delataba, corrió detrás de su compañero. 

   "Hey, basura. Quieto ahí", ordenó el detective Murdock, apuntándole con el arma. El sujeto, en clara actitud de quien no comprende los eventos desencadenados a su alrededor, se quedó donde estaba, limitándose a levantar las manos y a apoyar su espalda contra la pared. 

   "Te agarramos, maldito", le dijo Murdock, espumando como un animal rabioso. 

   "Perdón, no entendí", balbuceó el sospechoso.

   "¡Callate perro!, en la central tendrás tiempo de hablar y confesarlo todo", le ordenó Murdock. 

   "Pero..."

   "¡Qué te calles he dicho!", lo interrumpió Murdock, con voz de trueno, y detrás de su orden hizo lo que mejor sabía hacer: le aplicó un puñetazo en el abdomen doblando al sujeto en dos.

   "Ves, Stephens, así es como hay que tratar a los bandidos", le dijo al compañero, que jadeaba a su lado. 

   "Este es el único idioma que ellos entienden". El detective Stephens contempló el dossier en sus manos y se preguntó qué sería lo que había visto en su persona el jefe para ponerlo a trabajar junto a aquel bruto, para quien una placa significaba una licencia para partirle la cabeza a cualquiera o quebrarle un par de huesos, un descerebrado sin capacidad para diferenciar entre sospechoso y bandido. Porque hasta el momento, el sujeto frente a ellos era apenas un sospechoso; si era el bandido que la justicia buscaba, aún había que probarlo. 

   El sujeto, al ver en el semblante del detective Murdock toda la ignorancia del mundo, prefirió quedarse callado que arriesgarse a morir en el trayecto a la central policial en manos del ignorante agente de la ley. 

   "Bien, ¿dónde has escondido el botí­n, maldito?", preguntó Murdock, ya en la central. 

   "Entonces es por esa tontería que he sido brutalmente abordado", pensó el sospechoso. En un principio había pensado que aliviar la urgencia intestinal en un callejón fuera una contravención, pero cuando el bruto que apreciaba más golpear que usar el cerebro le comunicó que en la central tendría que confesar no sabía qué cosa, ya no entendió más nada, y ahora menos aún. 

   "¿Y todo esto para descubrir dónde escondí el maldito botín? ¡Caramba!, ahora es que no entiendo nada más, se quejó el sospechoso. No sé para qué tanta violencia por tan poco. Ok, está debajo del armario de Spencer", descargó el hombre. El detective Murdock miró con una sonrisa de triunfo al detective Stephens, que ojeaba apresuradamente entre las hojas del voluminoso dossier en busca del nombre Spencer que, por lo visto, se le había pasado por alto. 

   "Mira y aprende, novato. Así­ es como se trabaja. Vamos a buscar el botí­n", le dijo Murdock, arrastrando consigo al sujeto. 

   "Pero no sería mejor preguntarle al sospechoso dónde está ese armario", sugirió Stephens. Murdock se volvió con la furia propia de los ignorantes y agarrando por las solapas de la camisa al sospechoso lo apabulló con improperios y un hálito a infierno, gritándole en la cara: 

   "Entonces, veo que te gusta burlarte de los hombres de la ley, maldito. Dime dónde está ese maldito armario". El hombre, sin dar crédito a sus oídos ante la ignorancia demostrada por el cavernícola con patente, solo atinó a responder: 

   "En el vestuario del club de Comercio".

   "¡Ajá!, Con que te creías original, ¿no es, maldito? Tráelo Stephens, vamos a buscar el botí­n",dijo y, volviéndose para el sospechoso, le advirtió: 

   "Y para tu bien es mejor que no lo hayas gastado todo". El sospechoso revoleó los ojos.

 El detective Murdock tuvo que tragarse toda su soberbia y prepotencia cuando sacó debajo del armario del club un botín número 43, nuevito, perteneciente a Spencer, la estrella del equipo principal de fútbol, que su compañero gracioso le había escondido como otra de sus acostumbradas bromas. 

   La humillación pública del bravucón Murdock fue demasiado para su ego. Rojo de ira y espumando hasta por los ojos descargó una lista de los más abyectos improperios sobre Stephens y después le sugirió que la próxima vez se metiera el dossier en el culo y se cerciorase primero de chequear muy bien la información antes para no tener que pasar por lo mismo una vez más, haciéndolo equivocarse de sospechoso. Y sin disculparse con el jugador bromista dio media vuelta y salió de vestuario dándole un puñetazo a la puerta. 

                                                              Fin. 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed