Ni muchas gracias, perro - parte 2

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                                                                 II 

                                              LA SONRISA DE LA CODICIA 

¡Y cómo le gustó la idea! Los ojos del presidente brillaron y en su rostro se dibujó una sonrisa de codicia. Ahora que se había afeitado el bigote su boca tenía algo de la boca del Guasón, y su alma también, todo el mundo podí­a percibirlo. Aunque la idea, pensó por un instante, tení­a una falla, la pequeña abertura impedía la introducción de bolsas de consorcio de cien litros y más. Pero después de pensar un poco, concluyó que ésto no representaba ningún problema, los fabricantes ya encontrarían la solución. Lo que sí tení­a importancia era la factura que el estado pagaría y que en su cuenta bancaria en las Bahamas iría a parar. Además, como pensaba el ministro, la jugada le venía al pelo, porque así se deshacía también de los indeseables cartoneros. ¡Que se jodieran todos!, pues su suerte no le iba ni le vení­a. Cerró los ojos por un momento e imaginó su ciudad de postal. Después pensó que el nuevo palazo contra el pueblo llevaría algunos meses aún para ser aprobado, pero ¿qué ley que benificiara a los más ricos y poderosos no serí­a aprobada? El ministro corrupto, a su vez, ya arquitectaba también una forma de llevar su parte. El tiempo que llevase aprobar el proyecto de recambio de los viejos contenedores, sería  suficiente para montar la fábrica de los contenedores que le venderí­a al estado a un precio sobrevalorado, como corresponde. Sus uñas chirriaban ya, empezando a raspar la tapa del tacho. Para Gutiérrez, en cambio, restarí­a apenas conservar su empleo de asesor y pasar a la historia sin pena ni gloria. A hombres de su tipo apenas les estaba permitido subir hasta cierta cantidad de escalones y los laureles les estaban vedados, pues habían nacido para ser un pequeño accesorio en la gran máquina de engranajes del poder. Habí­an nacido para ser parte del rebaño, de la masa, siempre propensa a seguir el "tin tin" del cencerro y creer hasta en lo más inverosímil, dejándose mandar dócilmente y obedeciendo sin nunca objetar ninguna orden, nunca cuestionando ningún mandamiento ni esperando retribución alguna por sus aportes. El ministro se embucharía un buen bocado, el presidente engordaría aún más su cuenta bancaria, pero para el pobre Gutiérrez no habría ni un "muchas gracias, perro", apenas su mísero ordenado de siempre a cada principio de mes. Seguirí­a siendo siempre, hasta el día de su muerte, si no lo dispensaban antes, lo que suele llamarse un alcahuete gratis. Si el dí­a de mañana todas las calles de la ciudad llegaran a estar atestadas de contenedores inviolables, como el que tenía estacionado frente a la puerta de su casa, y él contara que se debí­a a una idea suya, ¿quién le creerí­a?, ¿a quién le iba a importar?, y lo peor, ¿qué ganarí­a con eso?, sin dudas ni un "muchas gracias, perro".

                                                               Fin. 


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