.500 Magnum

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Estancia La Misericordiosa: su dueño, Cátulo Figueroa de la Rosa, recibe la visita de un amigo, Arturo Lautaro Centurión Posadas, al cual ha invitado para mostrarle un revólver Smith & Weson .500 Magnum, recientemente adquirido en Norteamérica. 

   "¿Pero cómo le va mi querido amigo, Arturo Lautaro?", le dice Cátulo, cuando se encuentran en el vestí­bulo del caserón.

   "Acá andamos, Cátulo, contento como chico con juguete nuevo", responde Arturo Lautaro, extendiéndole la mano.

   "Ah, ya lo creo. Mire que me ha suscitado usted mucha curiosidad al respecto y le confieso que he estado ojeando algo por ahí. ¡Es fantástico el aparatito!", exclama Arturo Lautaro, por lo que Cátulo infla, orgulloso, el pecho.

   "Sí. De otro mundo realmente, pero vayamos ya para que compruebe por usted mismo la potencia de esta joyita. Después tomamos algo, si le parece". Arturo Lautaro concuerda, y los dos hombres se encaminan hacia la parte trasera del caserón. Mientras caminan, Arturo Lautaro hace una consideración: 

   "Mi amigo, si me está sugiriendo que efectúe algunos disparos, lamentablemente debo decepcionarlo". Cátulo nota entonces en su amigo cierto malestar, demostrado por la inflexión de sus palabras y en la forma de gesticular.

   "Pero ¿cómo me dice algo así­?" Cátulo se muestra preocupado.

   "Le explico: la semana pasada me caí­ del caballo durante un partido de polo, días atrás en el club hí­pico, y me he golpeado en el hombro derecho y aún lo tengo un poco dolorido. Usted me sabrá comprender", se disculpa Arturo Lautaro.

   "¡A la pucha che, qué desgracia! Pero no se aflija, mi querido amigo, ya tendremos otra oportunidad. Espero que se recupere pronto y mire que ya estaba pensando en salir de cacerí­a cualquier fin de semana de estos y me agradaría sobremanera disfrutar de su compañía, pero lo pospondremos hasta que usted se recupere totalmente", propone Cátulo.

   "Se le agradece la deferencia, mi estimado amigo. Cuando este apto para la empresa se lo comunico inmediatamente y marcamos la fecha. ¿qué me dice?", pregunta Arturo Lautaro.

   "Combinado, pero de todas maneras no se preocupe que igualmente no ha venido hasta aquí en balde, le haré una demostración yo mismo", dispone Cátulo.

   "Pero claro, claro, faltaba más. Estoy ansioso por ver si es cierto que puede acertar un blanco a ciento ochenta metros de distancia, según lo que he estado leyendo al respecto, no bien usted me anunció su nueva adquisición", dice Arturo Lautaro.

   "Claro, mi estimado Arturo Lautaro, pero le cuento que depende mucho también del pulso del tirador. No es salir por ahí­ dando tiros a diestra y siniestra, creyendo que con tal arma no iremos a fallar. No, no es tan simple así", explica Cátulo, con autoridad.

   "Tiene usted toda la razón, Cátulo, pero usted tiene el pulso firme", considera Arturo Lautaro.

   "Sí, sí, afirma Cátulo y explica: aunque vea usted, cada arma tiene sus particularidades y es necesario efectuar muchos disparos hasta agarrarle la mano y he de confesarle que he practicado mucho desde que la tengo en mi poder. Pero vamos a ver qué se puede hacer". 

Los amigos se detienen al lado de una mesita dispuesta en el patio trasero del caserón. Sobre ella hay una caja de madera conteniendo el arma. Cátulo saca el arma y se la pasa al amigo. 

   "Soténgala, Arturo Lautaro y sienta el poder". Arturo Lautaro examina el arma con cuidado, la sopesa.

   "¡Magnífica! ¡Portentosa!, pero debo advertirle que mi concepto de poder dista mucho de las armas de fuego", se excusa Arturo Lautaro, con una mirada pí­cara. 

   "¡Ah, si lo sabré!, exclama Cátulo, con mirada similar y añade: pero dígame, si es que no estoy siendo muy indiscreto, ¿cuántas secretarias han pasado por su consultorio en lo que va del año?" 

   "De ninguna manera, dice Arturo Lautaro, llevándose una mano al mentón y mirando al cielo, creo, si no me fallan las cuentas, que han sido unas diecisiete". 

   "¡A la pucha!, y mire que estamos en octubre apenas", exclama Cátulo, con asombro. 

   "Y bueno, qué se le va a hacer, cuando las urgencias masculinas nos sobrevienen uno hace lo que puede para satisfacer los instintos, aunque éstos sean los más bajos". Los dos amigos se echan a reír a carcajadas limpias. 

   "Bueno, vamos a lo que interesa A ver..." Cátulo busca con la mirada al peón que está limpiando los canteros de rosas cerca de ellos. 

   "Che vos, vení. Largá la azada y andáte hasta la cocina y traé una manzana". El peón obedece si decir una palabra y se encamina al interior de la casa con pasos rápidos. 

   "Mi querido Arturo Lautaro, ve aquel eucalipto frondoso allá". Cátulo señala hacia la llanura, donde se amontonan unos cuantos eucaliptos. 

   "Sí­, lo estoy viendo, ¿a qué distancia se encuentra?", pregunta Arturo Lautaro. 

   "A ciento cincuenta metros, más o men... ajá, ahí viene el peón. Mirá y prestá mucha atención a lo que te voy a decir, le dice al peón: te me vas al eucalipto aquel, das unos pasos a un costado y seguís unos treinta pasos más adelante. Te parás de lado con la mazana en la boca y ni te muevas, ¿entendiste bien?" El peón mira el arma en una mano del patrón, después a la manzana y balbucea: 

   "Pero patroncito..." 

   "Callate la boca y no seas cagón. Andá te digo, que yo sé lo que hago. Vos quedáte quietito que todo saldrá bien". El peón va, de mala gana, con miedo, titubeante, pero sin otra opción que la obediencia sin peros. 

   "Qué se le va a hacer con estos infelices. No entienden bien la relación patrón/empleado. No les entra en la cabeza que manda quien puede y obedece quien debe", se queja Cátulo. 

   "Es así nomás, mi amigo, estamos obligados a marcarles el camino a cada paso como a los animales, ¿qué se le va a hacer?", señala Arturo Lautaro. 

   Finalmente el peón llega al pie del árbol, da unos pasos al costado y sigue treinta pasos adelante. Se detiene, gira de lado, se pone la manzana en la boca y empieza a rezar. Cátulo con mano firme apunta... y dispara. El peón cae y los dos amigos van corriendo al lugar. El pobre hombre se debate en el piso, agarrándose la nariz entre desgarradores gritos de dolor. 

   Los amigos, llegando al lugar, pasan de largo por el infeliz sin darle importancia. 

   "No puede estar muy lejos", comenta Cátulo mientras escudriña en el pastizal alrededor del peón caído. 

   "¡Ahí está!", exclama Cátulo, al descubrir la manzana a unos pocos metros de allí. El estanciero agarra la manzana con sumo cuidado, la examina con detenimiento, hace un gesto aprobatorio con la cabeza y se la pasa al amigo. 

   "¿Y, qué me dice, Arturo Lautaro?" Cátulo sonríe satisfecho.

   "Y qué le puedo decir. ¡Impecable! ¡Impresionante!, ni un solo rasguño. Nada", pondera Arturo Lautaro, admirado.

   "No le dije yo que era lo mejor de lo mejor. Bueno, vamos a tomar un refrigerio, que esta carrera me subió la temperatura", propone Cátulo. 

   "Excelente idea, Cátulo, excelente idea", concuerda el amigo. 

   "Sí­, sí, vamos. Y vos, a ver si te dejás de quejarte de la vida y volvé a la azada, que para eso te pago. Faltaba más, por una nariz de mierda tanto alboroto. Vamos Arturo Lautaro".

   "Cómo no, Cátulo, vamos", responde Arturo Lautaro. 

 


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