La muerte y la locura - parte 1

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                                                                 I 

                                                 EL FIN DE LA GUERRA

Después de veinte sangrientos años la guerra, al fin, había terminado y los habitantes de la aldea, a medida que el contingente que sobró del conflicto regresaba, empezaban a sentir la falta de su rumor como no lo habían sentido por el rumor de la paz cuando comenzó la contienda. Todavía, por algunos días, vieron aparecer, pasar y desaparecer al destartalado ejército vencedor, y en unos de esos días al propio rey, una sombra moribunda casi cadavérica, ahora envejecido y demacrado. Su otrora melena dorada se había transformado en un escaso enmarañado gris cayendo en jirones sobre los hombros huesudos y caídos; su semblante, antes recio y varonil, era ya una pálida máscara, pétrea y rústica, surcada por cicatrices de guerra y las huellas imperdonables que el tiempo impiadoso deja al pasar; en el medio de las cuencas arrugadas y ennegrecidas sus ojos, dos opacos puntos grises, parecían estar viendo la muerte, aún cuando miraba a los vivos. Junto con la última carroza llevando heridos se les fue el sentido de todo. En vano esperaron horas, días enteros, por alguna comitiva tardía, pero ya todos los que tenían que regresar lo habían hecho. Tan acostumbrados estaban a hablar sobre la guerra que, al no ver más por los caminos a los batallones de refuerzo marchando orgullosos a la guerra ni las catapultas que tanto les gustaba ver pasar; a ningún guerrero mercenario dispuesto a vender muerte por oro ni a ningún mensajero cabalgando hacia el conflicto o viniendo de él; ni a gente huyendo del horror o a heridos volviendo a sus hogares y que, al detenerse por un poco de agua, relataban distintos episodios sobre la pesadilla carnicera del otro lado de las montañas, se habían olvidado de hablar de cualquier otro asunto. Fue como si se les hubiese trabado la mente y trabada ella, la lengua también. Desde entonces en la aldea solamente se escucharon los ladridos de los perros y las voces de los otros animales que les hacían compañía durante el día y los aullidos de los lobos y el ululato de las lechuzas por las noches. Las gallinas, los cerdos, las vacas, las ovejas y los pájaros no los distraían más y la compañía de gatos y perros les daba igual. Nada acudía a sus mentes paralizadas para rescatarlos del vacío que el fin de la guerra había dejado en ellos. En esa nulidad existencial estaban cuando sucedió que una mañana, mucho después del paso postrero de la última carroza con heridos, apareció en la aldea una mujer enferma y maltrecha; sucia de barro y de sangre, y claramente fuera de sus cabales. La llegada de la pobre desgraciada pronto los sacó de su modorra mental. Mientras socorrían a la pobre desgraciada, unos trayendo agua y otros aprontándose a ayudar para hacerla llegar al reparo, ponían los asuntos acumulados en los meses que llevaban de mudez autoimpuesta al día. La mujer quemaba de fiebre y deliraba y vez por otra balbuceaba palabras ininteligibles que nadie podía entender qué significaban. Velkan, adelantándose a todos, se ofreció para trasladarla a su choza con la ayuda de su esposa Ileana, que junto a otras mujeres, cargaron a la desconocida. Todos los acompañaron hasta su hogar, exprimiéndose en la puerta y en las ventanas de cuello estirado. Velkan y las mujeres improvisaron un lecho con unos trapos y paja en un rincón, cerca del horno para que se mantuviera caliente. Cuando terminaron Velkan salió y pidió a la muchedumbre que dejaran pasar a la curandera para que pudiera entrar para tratar a la mujer, después mandó a todos a sus chozas. Dicho esto Velkan cerró las ventanas y la puerta tras de sí y se sentó del lado de afuera, los oídos atentos a lo que sucedía adentro. El día, que desde el amanecer se parecía a otro día de pesadumbre en el alma, se transformó, como por arte de magia gracias a la desconocida, en un escenario de algarabía contagiante. 

                                                                         


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