Las tardes en Ciudadela en la casa de la tía Juana

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Como todas las tardes, después del mediodía, la tía Juana se refugiaba en la pieza a dormir la siesta;si no llovía en ese momento yo siempre estaba en el patio, simulando que jugaba a batallas imaginarias con soldaditos de plástico entre los grandes maceteros que bordeaban las cuatro paredes, pero en realidad estaba atento a sus movimientos. 

   La oía avisarme que se iba a recostar un rato y que la despertara a las cuatro, nunca antes ni después, la razón nunca la supe, solo sé que no era nada en la tele. Yo respondía que sí y seguía simulando que jugaba como si nada, pero a partir de ese momento mis oídos estaban atentos al comienzo de los pelotazos contra el tapial de la casa abandonada, al lado del edificio, era la señal para ir a ver si mi tía ya estaba bien dormida. 

   Abría la puerta de la cocina con cuidado para que no hiciera ruido, para eso tenía que hacerlo empujando la puerta contra las bisagras; después, en puntillas de pie, me acercaba a la puerta de su pieza, para eso también había que tener un cuidado especial que consistía en pasar al baño y, agarrado al marco de la puerta para que mi sombra no delatara mi presencia por debajo de la puerta, estirar el pescuezo hasta el ojo de la cerradura. Si los pies de la tía estaban de lado, eso quería decir que dormía, de lo contrario estarían hacia arriba, eso significaba que todavía estaba leyendo las fotonovelas de la revista Nocturno. Los pasos siguientes eran volver a la cocina, cerrar la puerta, usando el mismo método neutralizador, pasar al living comedor, donde yo dormía en un sofacama, calzarme las zapatillas, deslizar la puerta ventana que daba al balcón, muy lentamente porque a veces las rueditas se trababan y, finalmente, subirme a la barandilla del balcón, junto al poste de luz y, abrazado a él, deslizar suavemente hasta alcanzar la vereda. Allí me esperaban mis amigos, y el partido empezaba. Mientras jugábamos tenía que estar atento a la gente que pasaba, por la hora. Cerca de las cuatro interrumpíamos el juego y los otros chico iban a tomar agua a la casa de Ernesto, que vivía enfrente del edificio, mientras tanto yo iba a despertar a mi tía. 

   Trepaba al tapial de la casa abandonada y, haciendo equilibrio, recorría los siete u ocho metros hasta el final, donde trepaba a la terraza de la casa del fondo y de allí saltaba al patio de la tía. Entonces me sacaba las zapatillas y entraba a la cocina, con el mismo cuidado de siempre, pasaba de puntitas de pie al living comedor, dejaba las zapatillas debajo del sofacama y volvía a la cocina. Y mientras esperaba a que dieran las cuatro en punto en el reloj de pared, tomaba Coca-Cola, porque a la tía le podía faltar cualquier cosa en la vida menos Bayaspina, Coca-Cola y Jockey Club largo, por lo menos desde que el tío Juan se mandara a mudar; de eso hacía un tiempo ya. También le dio la loca de visitar curanderas, pero eso fue mucho después, cuando yo ya había vuelto a Carmen de Areco. No bien daban las cuatro, corría a la pieza de mi tía y la despertaba y ya que estaba le preguntaba si ya podía bajar a la vereda a jugar a la pelota con mis amigos. Ella siempre decía que sí y después me recomendaba que no anduviera haciendo travesuras. 

                                                                            Fin.

 


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