Alma rebelde - parte final

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Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
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VIII- EN EL MUNDO DE LOS VIVOS

El disparo alertó a la patrulla alemana, ya que el espectro no le dejó otra opción. Rápidamente partió a toda carrera, pero la patrulla ya lo había visto. Podía oír sus voces incomprensibles y los ladridos de los mastines. X se escondió detrás de un árbol y, como lo hiciera con el espectro unos momentos antes, esperó: pero esta vez con granadas en las manos. Eran tres soldados y a cada uno lo acompañaba un mastí­n, los seis muy cerca los unos de los otros formando un grupo compacto. 

   "Tanto mejor", pensó X. Cuando los tuvo a tiro les lanzó las dos granadas y después de la explosión se echó a correr nuevamente, buscando un lugar seguro por donde despistar al resto de la patrulla. Pero resultó inútil, el resto venía tras él. Aunque les llevaba una buena ventaja, las balas enemigas pasaban a su lado zumbando como moscas. Metro tras metro la colina se iba haciendo más escarpada, con lo que no tenía ningún lugar donde esconderse. No muy lejos divisó un pino, tan alto que la copa se perdía entre las nubes. ¿Nubes? No, no eran nubes, era una sola nube y que le pareció muy extraña porque el viento soplaba con fuerza y pese a ello la nube no salía del lugar. De la misma manera que, sin más ni más en la biblioteca se le diera por zambullirse dentro del libro, al llegar al pie del árbol tuvo la misma ocurrencia. Tomó impulso y de un salto alcanzó un gajo y, como un gato desesperado, trepó y trepó mientras los disparos arrancaban astillas o se incrustaban en la madera. Pero para cuando los soldados llegaron al pie del árbol él ya había desaparecido tras la nube. Aunque ya no podía ver ni a un palmo de su nariz, a puro instinto, siguió trepando y trepando en un subir interminable. De repente el aire empezó a oler a pegamento y a tinta, como huelen los libros. Finalmente, X apoyó una mano en algo que no tenía la textura ni la forma de árbol. La superficie de aquéllo era lisa y los bordes eran rectos. Pasó las manos por toda ella y descubrió que era de su altura y que era una letra, más precisamente una "E". X subió en ella y cuando dio por él descubrió que estaba en el borde del libro, pero ya no estaba en las manos del joven, sino en medio de otros libros en un estante. 

   No sabía si era el mismo día que había entrado, pero era de día. Un hombre y dos mujeres se encontraban en el recinto leyendo en silencio. X se asomó a la calle a través de un ventanal entreabierto, personas pasaban por la vereda yendo y viniendo distraídamente, como si la vida fuese únicamente lo que veían y sentían. Cuando volvió a su antiguo hogar ya su cuerpo no estaba más siendo velado y los muebles del living habían sido colocados en el lugar de siempre. Su esposa y sus hijos continuaban viviendo la vida como todo el mundo, ignorando esa otra verdad que solo a él había sido revelada. 

                                                                Fin. 


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