El loco del Cabildo - parte 2

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El oficinista apretó fuertemente los labios para reprimir la risa que le causó la respuesta del chiflado, pero el joven, que al parecer no se había dado cuenta de nada, prosiguió: 

   Recuerdo que unos meses antes de terminarlo el capataz me puso de ayudante de uno de los techistas, que era brasilero y se llamaba Herculano, un negro que no tenía nada que se le pareciera al héroe griego al que su nombre aludía, porque era bajito y flaco. Nos hicimos muy amigos en seguida, pero  un día me dijo algo que me interesó, aunque pensé que era en joda; me dijo que tenía el poder de conceder cualquier deseo. Cuando escuché aquello yo sí que no conseguí reprimir la risa como vos hace un momento (el oficinista hizo una mueca, pero no supo cómo disculparse). Bien, lo cierto es que ese tal Herculano me dijo que si yo bebía un trago de su "cachaça mágica" lo que pidiera se me haría realidad. Ahí reí más alto, dando una risotada que se oyó en toda la obra, y le dije que si el aguardiente mágico era tan mágico como él afirmaba qué estaba haciendo clavando clavos en lugar de estar viviendo como rico; a lo que él me respondió que tener más dinero del necesario para vivir era malo, que su único pedido había sido salud y que desde ese día nunca más había enfermado. Pero como yo no era de arrugar ante nada le dije que si me ofrecía un trago tomaría con gusto, es claro que pensé que la bebida tendría cualquier cosa y sabría a mil demonios. Pero al otro día apareció trayendo una botella de la tal bebida mágica: estaba casi llena, con lo que pensé que, o eran pocos lo que se creían el cuento o la botella estaba recién destapada. Entonces pedí un deseo y tomé un trago, pero no le sentí ningún gusto raro, sabía a aguardiente común y corriente. Después él me preguntó cuál había sido mi deseo, que se lo podía contar que de cualquier manera se cumpliría igual, pero me aclaró que si se me había ido la mano con el deseo él, por ser el dueño de la bebida, podía modificar el pedido. Lógicamente que tampoco le creí eso, pero como tampoco le creía lo del poder de la bebida no vi ningún problema y le dije que pedí ser inmortal. Al escuchar mis palabras el rostro de Herculano se oscureció y me dijo que eso era peor que pedir ser rico porque uno no sabe lo que el futuro puede depararnos y menos al futuro al que yo aspiraba, ya que se estiraba hasta el infinito. Así que le dije, total no le creía nada, que modificara a gusto, entonces él se puso a murmurar unas palabras en dialecto africano (otro día me dijo que era la lengua de sus ancestros, que habían sido traídos como esclavos por los portugueses para el Brasil desde Dahomey) y después de aquel rezo o conjuro, no sé, me dijo que ya estaba listo, que me quedaría en los veintiséis años que contaba por aquel entonces mientras el Cabildo se mantuviera en pie. Demoró diez o doce años para que me diera cuenta que el negro Herculano tenía razón, aunque un amigo, al cual le conté el asunto, me dijo que tal vez estuviera bajo un hechizo momentáneo y que tal vez llegando a los cuarenta o cincuenta empezaría a notar que envejecía. Entonces cumplí cuarenta, cincuenta y nada, seguía igual, igual que ahora. Después, en 1889, cuando para la abertura de la Avenida de Mayo empezaron a derrumbarlo, creí que ya podía seguir el curso natural de mi vida, pero no, fue una falsa alarma porque solo le arrancaron una parte nada más. Y en 1931, cuando en el gobierno de Uriburu empezaron a derrumbar el otro extremo para abrir la diagonal Julio A. Roca, volví a desilusionarme, porque creí que esta vez sí se me daba. Y, como podes ver, aún estoy aquí, cansado de vivir y todavía esperando que el progreso siga su curso de crecimiento constante y me libere de una vez por todas de este calvario. Vos, que seguramente un día te enamorarás y tendrás hijos, no te das una idea de lo terrible que es no poder amar ni tener un hijo para no tener que verlos envejecer y morir antes que uno. Me acuerdo que una vez escuché en la radio al negro Dolina, que decía que "cada mujer que pasa por uno es un amor que nunca se concretizará", no recuerdo exactamente si con esas palabras ni si la frase era suya o no. Bueno, para mí todas las mujeres son amores que me pasan de largo. Te cuento esto para que tengas una idea de como me siento. 

   Cuando el joven terminó el largo monólogo ya estaba casi en la hora del oficinista regresar al trabajo y mientras lo hacía pensaba que solo un loco podría pensar que mantenerse joven durante doscientos sesenta y nueve años era un calvario, porque bastaba con correr atrás de todas y no enamorarse de ninguna para que el calvario se transformara en fiesta. Después de aquel encuentro, mientras siguió trabajando en la oficina, volvió a ver al loco muchísimas veces merodeando por la plaza, aunque nunca más habló con él. Un tiempo después consiguió un trabajo mejor en Tucumán y por allá se afincó, se casó y tuvo hijos y se olvidó del loco del Cabildo. Hasta que un día, treinta años después, de vacaciones con su esposa y el hijo más chico, en uno de esos paseos que hacían a diario por diferentes puntos de Buenos Aires, los llevó a la Plaza de Mayo. Después de sacarse fotos delante de la casa de gobierno fueron a conocer el Cabildo. En ese momento se acordó del loco y les empezó a contar sobre la única conversación que habían tenido. 

   El Cabildo estaba como entonces y el joven, los ojos fijos en el Cabildo, todavía esperaba su derrumbamiento total, pero el ex oficinista, aunque lo pasó por al lado, no llegó a verlo. 

                                                                                    Fin. 


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