Protocolo

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Finalmente llegó el invierno y el comandante del cuartel de bomberos voluntarios de Santa Carmen, desde la puerta abierta de su despacho, miraba el día gris con semblante sombrío. Tenía un pepino grande como una sandía que pelar y solo contaba con sus uñas para hacerlo. Se le venían encima los frecuentes accidentes en la ruta, provocados por la niebla o la lluvia, y además siempre estaba la posibilidad de los incendios provocados por una vela encendida que alguien se olvidaba de apagar o algún brasero, que cuando no calcinaba a los miembros de toda la familia igualmente los mataba asfixiándolos al apagarse en medio de la madrugada, porque la gente frecuentemente se olvida de dejar ventilación para que se renueve el aire y que escapen las emanaciones de gas carbónico. El año anterior habían sido sesenta y tres siniestros de los cuales cuarenta y siete fueron en invierno, pero el año pasado no había pandemia. Ahí estaba el problema. Ahora el intendente y el jefe de la seccional de policía lo presionaban para que creara lo más urgente posible un ¡protocolo para asistir a siniestros en tiempo de pandemia! 

   El colmo de todos los colmos, pensó el comandante cuando se lo anunciaron. Porque la gente acató no hacer reuniones multitudinarias, no concurrir a la plaza, hacer filas hasta delante del kiosquito para comprar cigarrillos y no enviar a sus hijos a las escuelas; habían acatado la orden de no visitar a los padres y abuelos, a no velarlos si morían y a dejar que se los enterrara sin un último adiós. Pero ¿y cuándo sonara la próxima sirena de los bomberos, quién los podría detener, cuando, movidos por la curiosidad, no los atajara ni Dios? El comandante sabía que en el mismo momento que se oye la sirena la gente larga todo y ya no importa si el bebé chora, la madre lo desprende de la teta y le grita ¡cállate!, porque la curiosidad es más urgente que el hambre ajeno, aunque se trate del propio hijo; se largan las ollas, "que coman cualquier cosa", piensa el ama de casa; las máquinas en las fábricas empiezan a silenciarse de apoco con un zumbido moribundo; en la comisaría los agentes largan los mates y concurren en masa al lugar del siniestro, más por curiosidad que por deber; las clases se interrumpen y las maestras mandan a los alumnos de vuelta a sus casas y se mandan hacia el siniestro; los médicos le piden al enfermo que esté en la mesa de operaciones en ese momento que sostenga el bisturí, "ya vuelvo", acaso le dicen, y los viejos bichocos de alguna manera se aceitan las coyunturas y salen a la pata suelta atrás del primero que ven pasar corriendo, porque con seguridad él le indicará donde fue el siniestro, etcétera.

   Maldita morbosidad, exclamó, dando un golpe en el escritorio, porque sabía que en ese momento el desbande sería inevitable y todo se iría al carajo. 

                                                            Fin. 


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