El bosque hilarante

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Mientras me dirigía, como cada mes, a la abadía que se encuentra en el Bosque Hilarante para comprarle a mi señor los sabrosos quesos de cabra que los monjes elaboran, no me imaginaba (¿y cómo podría?) que a menos de un kilómetro encontraría una espada. Antes de continuar debo aclarar que hasta ese día nunca nadie había sabido decirme por qué llamaban al bosque aquel de Bosque Hilarante. Con lo que a mí respecta nunca había oído risas, ni en los días en que el viento sopla fuerte entre las hojas, cuando el zumbido producido en nada se parece a una risa, diría que más bien parece un silbido hecho por una boca que aún no sabe hacerlo bien o que ya no puede por falta de dientes. 

   La espada asomaba entre los matorrales al costado del camino. Detuve la carroza y salté de inmediato; cuando la examiné vi que no se parecía a ninguna que yo hubiera visto antes, liviana, recta y la hoja de tres dedos de anchura de acero reluciente y... ¡empuñadura de oro! En seguida pensé: "cuando regrese al castillo arrancaré la guarda y la guardaré para cuando sea viejo y tenga que pagarle a alguien para que tome cuenta de mí". Sobre esa cuestión cavilaba mientras mis ojos acariciaban la empuñadura cuando una rueda se atascó en un pozo. La carroza quedó medio inclinada y yo fui a parar en una charca de lama, al lado de las patas traseras de uno de los caballos. Y justo en ese momento oí un coro de risas, finitas, gruesas, en fin, de varios tonos. A duras penas conseguí ponerme de pie y mientras luchaba para levantarme las risas, que me rodeaban desde todos lados, parecieron multiplicarse más y más. Me di vuelta buscando a los graciosos, pero no vi a nadie, ni hombre ni duende; ni gnomo ni enano burlón, nadie; solamente las risas, unas más estruendosas que otras. Entonces me di cuenta que eran los árboles, que se burlaban de mí sin el menor decoro. En seguida los mandé callar la boca, pero no me hicieron caso, es más, empezaron a reírse con más ganas todavía, y yo a enfurecerme como un toro salvaje, al punto de advertirles, mientras blandía la espada amenazadoramente, que si no paraban con esas risotadas me vería obligado a cortar a unos cuantos. ¡Pero qué nada!, lejos de callarse parece que esto les causó más gracia todavía porque la burla aumentó. En ese instante la furia que contenía dentro de mí explotó como un volcán y empecé a hachar al primer árbol gracioso que tuve más a mano. Sí ese se calló, no pude saberlo, pero los otros que seguían burlándose, seguían. Después, blasfemando como un hereje, me abalancé contra otro y contra otro, sacándoles buenos pedazos de corteza. Pero si alguien cree que los malvados pararon de burlarse está equivocado. No sé por cuánto tiempo estuve cortando ramas, gajos, hojas y tajeando a diestra y siniestra. Hasta que quedé agotado y me dejé caer. Tenía los brazos acalambrados y el pecho me dolía. Entonces, poco a poco, el bosque se fue callando hasta que solo se oyó el canto de los pájaros y el rumor del viento. Cuando me levanté los ojazos oscuros de los caballos estaban clavados en mí, no sé si por curiosidad o por miedo, o quizás fuera por verme hecho un trapo roñoso. Tuve que sacar fuerzas de donde no tenía para hacer girar la rueda en aquel lodazal y para que los caballos escucharan mis débiles "arrres". Pero, finalmente, conseguí sacar la carreta de aquel atolladero maldito. Antes de seguir la marcha les eché un último vistazo a los árboles heridos Y estuve a punto de advertirles a los otros que la próxima vez que se rieran de alguien lo pensaran dos veces, pero temí que empezaran a reírse otra vez y, además, mis brazos ya no estaban ni para espantar moscas. 

   Cuando llegué a la abadía, no bien los monjes me vieron, se taparon la boca, como comprimiendo la risa; pensé que fuera por mi estado lamentable, pues estaba de barro hasta las orejas. A penas detuve la carroza el abad vino a recibirme. 

   Cómo le va reverendísimo padre, le dije, con una inclinación de cabeza.

   Bien, a Dios gracias, dijo, persignándose, y en seguida añadió: ¿y, mató muchos árboles hoy? Entonces las risas empezaron otra vez. 

                                                                 Fin. 


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