(Des)tradición

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Pulperí­a "Tradición criolla", a un kilómetro, anunciaba un cartel al costado de la ruta. El hombre estresado de la gran ciudad pensó: "ésto es lo que yo necesito. Tradición, origen, raíz. La sencillez que la urbe ha extirpado del espí­ritu de los necios que por desgracia habitamos en ella. ¡Pobres de nosotros!, que solo conocemos el vil hábitat y más pobres aún los que lo creemos el mejor lugar". 

   Al ver materializarse delante de sus ojos de preocupación, después de una curva y detrás de un montecito de paraísos, un auténtico rancho de gaucho, de barro y techo de paja, sintió una sensación de alegría igual a la que experimentara una mañana de navidad, hace ya mucho tiempo olvidada, cuando Papá Noel le trajo de regalo un camión de bomberos. Tanto impacto le causó esta imagen de la más pura tradición, que apenas si reparó en las dos Harley Davidson estacionadas delante del palenque y la total ausencia de caballos; y si, antes de entrar, hubiera echado un vistazo de turista al conjunto criollo habría visto en una esquina del rancho un panel solar y media tajada de la antena de DirecTV. Pero no, el hombre entró derecho nomás, con las ganas del niño que fue al jugar con el camión de bomberos por primera vez. 

   Dos paisanos jugaban a las cartas en una de las mesas, que compenetrados en el juego como estaban ni repararon en su presencia. El hombre se acercó al mostrador, el pulpero no estaba, los motoqueros de las Harleys tampoco; "habrán ido a mear al excusado", se figuró. De repente escuchó decir: "Envido" (los paisanos jugaban al truco). "Quiero", respondió otra voz. El hombre se dio vuelta y se puso a observarlos apoyado en el mostrador. "Truco", oyó de nuevo, pero esta vez el hombre estresado parpadeó varias veces, como si no estuviera viendo bien lo que estaba presenciando, porque habí­a oí­do decir "truco", sin que a ninguno de los dos paisanos se les movieran los labios. Le vino al pensamiento la palabra ventrílocuo, pero la descartó enseguida por ser muy fantasioso de su parte, "debe ser el estrés que me persigue", pensó. "Quiero retruco", oyó ahora y descubrió que habí­a parpadeado con razón; porque tampoco esta vez ninguno abrió la boca, y la palabra ventrílocuo volvió a aparecer en sus pensamientos. "¿Pero dos al mismo tiempo? ¿Y, dos paisanos, gauchos genuinos, de pura cepa?" Sin duda debía haber un error de apreciación de su parte, razonó. Pero tal parecer pronto se disipó, cuando los vio terminar la partida y comenzar otra, siempre hablando con las bocas cerradas. Entonces el hombre agudizó la vista y empezó a buscar el objeto intruso, el detalle delator de ese enigma rural que se le presentaba en forma de voz sin emisor. Reparó que la mitad del rostro, que no cubría el ala de los sombreros, de ambos gauchos parecía cambiar de tonalidad a cada tanto por un tenue resplandor emanado de sus manos. Entonces dirigió su mirada hacia ellas. "¿Qué va a pedir, amigo", dijo el pulpero a sus espaldas, pero el hombre estresado de la gran ciudad no lo escuchó, porque estaba shockeado. La realidad le habí­a aplastado la ilusión tradicionalista con un camión repleto de bosta cuando descubrió la vil traición a las costumbres criollas: estaban jugando al truco online por celular, los muy ladinos. Veía ahora, delante suyo, la imagen del hombre coaccionado por la esclavizante modernidad, en las figuras de los dos falsos paisanos. Y el hombre fue por más y descubrió que uno calzaba zapatillas Nike y el otro, unos botines Caterpillar. Que uno era zurdo y el otro diestro, por los llaveros que colgaban en silencio por el mismo flanco; uno tenía la forma de una calavera de metal y el otro, era una linternita led. El resto del disfraz era todo de gaucho auténtico, bombacha, faja, facón, camisa, pañuelo al cuello y los mencionados sombreros. Eso quería decir que en plena llanura pampeana los propios hijos de la patria cocinaban la farsa, la mentira y la trampa en calderos de acero inox sobre hornallas alimentadas a gas butano. En ese momento vio con tristeza que la era de los ídolos caídos ya había comenzado, entonces tuvo la certeza de que ya no se hací­an más gauchos como los de antes. Un hombre que sufre una fuerte desilusión es capaz de inimaginables aberraciones y el hombre estresado de la gran ciudad, que no escuchaba la voz del pulpero que seguía insistentemente preguntándole que deseaba, lo fue. Salió de la pulpería con el alma y el corazón destrozados, abrió el baúl del auto y mientras hurgaba dentro para sacar quién sabe qué cosa de allí, supo que el fin de todo estaba próximo y que tenía que hacer algo para impedirlo.

                                                             Fin. 


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