Aníbal, el inmortal - parte 1

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 1- EL VELORIO 

Aníbal tendría unos cinco o seis años cuando le agarró un miedo terrible a la muerte. Todo se originó el día que el tío Manuel murió y al pobrecito de Aníbal le hicieron besar al muerto, frío como el mármol. Como su abuela no tuvo con quien dejarlo se lo llevó al velorio con ella. Además del beso al muerto, que fue como darle un beso a la misma muerte, la parentela se pasó toda la noche entre accesos de llanto (de los lastimosos y de los histéricos), quejidos moribundos y lúgubres lamentaciones. ¡Y todo alumbrado a velas! Con lo que Aníbal todavía tuvo que vérselas con siniestras sombras fantasmales reptando temblorosas por las paredes grises. Y para terminar de completar el trauma al otro día se lo llevaron al cementerio bajo una lluvia fina que caprichosamente se le había antojado caer justo esa mañana. El aterrado Aníbal, como una garrapata, no soltaba la falda de su abuela ni para ir al baño, y la cosa no paró por ahí; de yapa tuvo un poco más, porque pesadillas lo persiguieron durante una semana. 

2- CATALEPSIA

Su abuela tenía una amiga que vivía del otro lado de la calle, doña Juana se llamaba, que todas las noches la visitaba. Mientras ponían los chimentos en día tomaban té negro en bombilla en una taza enlosada amarilla con el borde verde, el famoso "chupe y pase". A veces, después de los chismes, contaban oscuras historias que iban desde la luz mala hasta apariciones de fantasmas que rondaban las cercanías del cementerio o asombraban algunas casas antiquísimas, y entre tantas historias siempre aparecía la de alguien que había muerto de muerte mala, como decían ellas. En esos momentos Aníbal, sin escapatoria, porque la casa de la abuela constaba de una habitación y la cocina (el baño era un excusado en los fondos), no tenía otra opción que oírlas. De todos los tipos de muerte de las que hablaban las viejas dos de ellas a Aníbal le aterraban sobremanera, y de las cuales temía que le fueran a tocar el día que le llegara el turno: morir ahogado o morir quemado. Pero una noche oyó hablar de algo más macabro todavía y que se tornó, inmediatamente, en lo más terrible que le pudiera suceder al momento de morir: la catalepsia. Que era como morir ahogado pero mucho peor, porque en lugar de agua uno se ahogaba con tierra; ¿acaso había otra forma de morir más atroz y terrorífica que ser enterrado vivo? Desde ese día, antes de dormir, Aníbal le pedía a Dios que cuando se lo llevara al cielo no usara la catalepsia como medio de transporte y, de ser posible, que lo hiciera morir mientras dormía, así no sentía nada. 

   Así, Aníbal creció oyendo a cada tanto sobre alguien al que le había dado la tal catalepsia y al otro día encontraban en la tumba sus manos heridas con las astillas del cajón asomando entre la tierra removida; en esos momentos volvía a pedirle a Dios lo mismo, pero sin esperar la hora de ir a dormir, no vaya a ser que se olvidaran, él, en sus plegarias antes de dormir, y Dios, por estar ocupado con tantos asuntos en el mundo requeriendo su accionar. 

3- EL AMIGO DE TODOS 

Por ese miedo atroz a la catalepsia Aníbal era amigo de todo el pueblo, hasta de los perros; creía que cuantas más amistades tuviera era menos probable que la catalepsia lo fuera a sorprender, al final, pensaba, Dios es grande pero... 

   Pero ser amigo de todos iba un poco más allá de la amistad por la amistad misma, la verdad, tenía una finalidad práctica que funcionaba así: cuanto ya agarraba bastante confianza con las amistades les confesaba su miedo y después les pedía que cuando muriera, si lo hacía antes que ellos, no dejaran que sellaran el ataúd; y por las dudas se las ingenió para hacerse amigo de todos los médicos y todas las enfermeras también y a todos le confesó su temor, y a todos les pidió que, si él moría antes que ellos, claro, no le taponaran la boca ni la nariz con algodón, por las dudas, no vaya a ser que le diera catalepsia. Después de un tiempo se le ocurrió perfeccionar su pedido y se hizo redactar un documento en el registro civil que luego le hizo firmar a todo el mundo. En dicho documento constaba que dentro del ataúd deberían ponerle una barreta, por las dudas, no vaya a ser que le diera catalepsia y no pudiera abrir la tapa. 

 


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