Wupy - parte 1

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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I

Fergusson estaba ansioso en esa mañana marciana. Delante de un gran ventanal de la terminal espacial escrutaba con ansiedad el inmenso cielo rojizo; de un momento a otro el brillo de las luces denunciarían la proximidad de la nave que traía desde la luna el regalo del próximo cumpleaños de su hijo Sven: un perro. 

   Desde hací­a algún tiempo los lí­deres del gobierno habían notado un cambio en el comportamiento de los nuevos humanos; una frialdad en las nuevas generaciones hasta esos momentos nunca vista. Con el propósito de descubrir la causa, le fue encargado al consejo de eruditos un estudio para descubrir el motivo de tal cambio. Tras un minucioso estudio los eruditos llegaron a la conclusión de que la causa de la frialdad comenzaba en la niñez y se debí­a a la falta de interacción de los niños con mascotas de verdad; o dicho de otra manera, la interacción de los niños con mascotas artificiales convertía adultos fríos como las máquinas. Pero ahora, que se había autorizado la producción de mascotas, Fergusson fue uno de los primeros en solicitar una. 

   Cuando Sven despertó llamó, como de costumbre, a Wupy, su perro robot. El perro artificial asomó su hocico plateado y, apoyándolo en los pies de la cama, gruñó unos acordes programados de cariño, al tiempo que meneaba la cola mecánicamente. Sven estaba solo en la casa; su madre Hanna ya estaba en el trabajo y su papá, extrañamente, tampoco se encontraba en casa; algo inusual en él, que siempre acostumbraba estar presente cuando Sven despertaba. 

II

   "¿Qué extraño?", dijo el chico, mientras se dirigía al baño con el robot pegado a sus talones. Wupy se quedó sentado del lado de afuera, junto a la puerta, después siguió a su pequeño amo hasta la cocina donde se disponía a prepararse el desayuno. Wupy se sentó cerca del refrigerador y se quedó observando los movimientos del niño; desde el living comedor, contiguo a la cocina, llegaba a sus sensores auditivos el monótono tic tac del viejo reloj de pared y esto hacía que meneara la cola al mismo compás de la oscilación del péndulo. EL reloj era una reliquia de un pasado remoto cuando los antepasados de la familia aún vivían en la tierra y que el padre de Sven consideraba un verdadero tesoro. Después de desayunar Sven fue hasta una mesita, seguido de cerca por Wupy, tomó el telellamador y marcó el código de su madre, pero no obtuvo información sobre el paradero de su padre. Ella, que no esperaba que su hijo la llamara para interrogarla al respecto, fue tomada por sorpresa, y como no supo qué disculpa convincente darle, simplemente le dijo que no sabí­a dónde su padre andaba metido; al final, el regalo era una sorpresa y debí­a mantenerlo en secreto. 

   "¿Por dónde andará metido?", le preguntó Sven a Wupy, que se irguió en dos patas emitiendo un pequeño gruñido y agitando la cola con un poco más de efusividad que hasta entonces. En seguida, apenas reconoció los gestos de preocupación de Sven, empezó a dar pequeños saltos y a corretear a su alrededor, haciéndole fiesta para minimizar con su distracción la preocupación detectada en su pequeño amo. En eso estaban niño y máquina cuando Fergusson llegó con una caja llena de agujeros que depositó en el piso delante de su hijo. 

   "¡Feliz cumpleaños Sven, aquí tienes tu regalo, dijo Fergusson, señalándole la caja, y viene de la luna", añadió. 

   "¿De la luna, y qué es?", preguntó Sven, movido por la curiosidad. 

   "Abre la caja y descúbrelo por ti mismo", lo animó su padre. 

   "¿No deberí­a abrirlo el mismo día de mi cumpleaños?", preguntó el niño, con cara de incredulidad. 

   "No creo que te agrade el perfume que despida la caja hasta pasado mañana, si así lo haces", respondió con una sonrisa Fergusson. 

   "Muy bien", dijo el niño y se apresuró a abrir la caja. Sven se llevó un tremendo susto al ver aquel diminuto ser peludo gimoteando mientras apoyaba sus pequeñas patas en las paredes de la caja. Su colita se abanicaba tiesa y nerviosa con una gracia tal que su perro robot, con todo lo avanzado de su mecanismo, nunca conseguirí­a igualar. Tan absortos estaban, padre e hijo, con el cachorrito que se olvidaron de Wupy, que sentado al lado de ambos, los contemplaba en absoluta inmovilidad. 

   "Un perro de verdad es mejor, mucho mejor que un robot", afirmó Fergusson, mientras Sven pasaba una y otra vez las manos sobre el suave lomo peludo del perrito. Fergusson continuó: 

   "Este animalito tiene alma y sentimientos. No es como las mascotas robots que nada más son que mecanismos programados, máquinas insondables hechas de metal, circuitos, cables y luces". Fergusson se quedó mirando un momento al robot, pensando qué pensaría el perro robot si pudiera hacerlo ante lo que acababa de decir. 

   "Papá, ¿será que sabrá protegerme de los peligros, como Wupy?", preguntó Sven, con la vista puesta en la figura rígida del robot, que seguía los movimientos de la mano del niño sobre el lomo peludo del pequeño ser. 

   "Sven, aquí­ no hay ningún tipo de peligro, vivimos en un sistema perfecto y máquinas como Wupy son meros accesorios para hacernos compañía, nada más", concluyó el padre. 

 


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