Viaje al pasado

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Anselmo Frank leía por segunda vez Destrucción, de Barjavel, cuando sonó el telellamador. Recogió el marcador que había caído en el piso, marcó la hoja y cerró el libro. 

   ¿Hola?, contestó

   ¿Con el señor Anselmo Frank?, dijo una voz metalizada de mujer. 

   Sí, confirmó. La mujer le dio la noticia: 

   Acaba de ser sorteado para el viaje a través del tiempo versión 5.0. Anselmo, que había soñado vagamente con tal posibilidad, recibió la noticia con recelo. ¿Sería posible que entre tantos miles de millones de seres humanos él, justamente él, hubiera sido contemplado? 

   Con la versión 5.0, recientemente descubierta, ahora, en los viajes a través del tiempo el teletransportarse a la época elegida (siempre que fuera hacia el pasado) podían efectuarse a la edad que se deseara, es decir al tiempo y lugar determinado a la edad elegida. El único inconveniente estaba en que la permanencia era de unas pocas horas.

   Pero alguien tenía que ser y fuiste tú, ¡alegría hermano!, le dijo Daniel, su amigo de toda la vida, cuando Anselmo le contó la novedad a su regreso del instituto tecnológico, mientras tomaban un café en el centro de la ciudad. 

   Sí, sí, lo sé, pero igualmente me resulta sorprendente, dijo Anselmo. 

   ¿Y ya tienes pensado adónde querrás ir, digo a qué edad?, preguntó Daniel. 

   Ya, dijo Anselmo, frotándose las manos, a mi niñez. 

   Te dijeron cómo es eso de que no se puede modificar el pasado, como se ve en las películas, preguntó Daniel. 

   Sí, pero solamente con cosas significativas. No quiere decir que si a una viejita se le cae una plata y yo veo y se la devuelvo o no el mundo actual vaya a cambiar drásticamente, dijo Anselmo. No, no es bien así. 

   ¿Y que piensas hacer cuándo llegues?, preguntó Daniel. 

   Lo que nunca me atreví, pero cuando vuelva te cuento, le dijo Anselmo. 

 Anselmo Frank recobró la noción de sí propio en la mañana del último día de clase cuando cursaba el séptimo grado de la primaria. Fue como despertar en un sueño. ¿Cuántas cosas podría hacer con los conocimientos adquiridos si no tuviera que volver tan rápido?, se dijo. Quizás pasar por un niño prodigio con la capacidad de predecir el futuro, ya que podía recordar el futuro, o patentar marcas que en el futuro lo harían rico, Google, facebook, Microsoft, o ganar todos los gordos de navidad. Pero aunque pudiera hacerlo nada de eso lo había llevado a ese lugar en el tiempo, sino un caso pendiente consigo mismo. 

   Apenas entró a la escuela, recorrió la vista por el patio, los alumnos que formaban pequeños grupos aquí y allá, pero ella no estaba; ni en el sexto B, el salón de ambos. Dejó su mochila en su pupitre y fue directo a la entrada, donde saludó a compañeros de clase y a conocidos que llegaban, unos tras otros, y se quedó allí montando guardia. Diez o quince minutos más tarde llegó ella. 

   Liliana, tengo que decirte algo muy importante, le dijo Anselmo, apenas la tuvo al lado. 

   ¿Sí, qué es?, preguntó ella, con inocultable curiosidad. 

   Ahora no es el momento propicio; en el primer recreo, cerca del palco, te lo cuento, le dijo. 

   Está bien, concordó ella, con aquella sonrisa radiante que él tan bien había guardado en la memoria durante toda su vida. 

   Cuando sonó el timbre del recreo, Anselmo salió primero y la esperó en la puerta. No bien ella salió la tomó de la mano y fueron hacia el palco, entre los inevitables chistes de los varones y los cuchicheos de las niñas que provocaban al pasar tomados de la mano. 

  ¿Bien, de qué se trata?, preguntó Liliana, apenas llegaron junto al palco. Anselmo suspiró profundamente para deshacer el nudo en la garganta; lo que iba a decirle lo tenía guardado en su corazón por más de cincuenta años. 

   Te amo, le dijo, y sin darle tiempo a ninguna reacción la tomó entre sus brazos y besó tiernamente. 

   Yo también, le contestó ella, ruborizada, después del beso. 

   Ahora venía la parte triste y más difícil; Anselmo le contó lo del viaje en el tiempo, y que en un par de horas tendría que volver a su presente, y cómo la vida transcurriría para ambos en los siguientes cincuenta y tantos años. 

   No lo entiendo, le dijo ella. Su voz temblorosa delataba la confusión y la tristeza que sentía en ese momento. 

   Lo sé, es muy loco, le dijo Anselmo, pero tal cual te lo conté es como llegué aquí y como ocurrirá el futuro. Después le pasó una hoja de cuaderno, que sacó del bolsillo del guardapolvo (en ella Anselmo había anotado las coordenadas de un futuro encuentro: un año, un mes, un día, una hora y un lugar), y continuó: Por favor, te pido que la conserves, vayas a donde vayas, aunque... (otro nudo en la garganta volvió a traicionarlo), aún cuando te cases con otro. A partir de mañana no nos volveremos a ver nunca más, no sé por qué, pero sucedió así; tu familia se mudará de ciudad este mismo año y la vida nos llevará por caminos diferentes. Pero créeme, te extrañaré por el resto de mi vida. Por eso te pido que guardes esta hoja y, a su debido tiempo, sabrás que esto que te estoy diciendo es la pura verdad. Prométeme que guardarás este papel, y quién sabe en un mañana lejano los dos... Anselmo no pudo hablar más, las lágrimas le impidieron las palabras. Liliana, aún confundida, o más confundida aún, y quizás no creyendo en sus palabras, le prometió que así lo haría y lo acompañó en su tristeza con ojos aguados. 

   Durante los otros dos recreos y a la salida, mientras Anselmo la acompañaba a su casa, fueron novios, como tanto lo habían soñado en secreto en esos tiernos años. A media tarde, mientras estaba llorando en un rincón del patio de su casa, Anselmo sintió un mareo y perdió la consciencia, cuando despertó ya estaba de vuelta en el presente. 

   ¿Y, cómo te fue en el viaje, qué hiciste?, le preguntó Daniel, cuando, al día siguiente de su regreso, se encontraron en la confitería de siempre. Anselmo consultó la hora.

   Dentro de un minuto y medio te respondo, le dijo y se quedó mirando hacia la puerta de entrada. 

                                                               Fin.


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