Mariela

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Bienvenido, finalmente, pudo abrir el diario en la sección deportiva. Se sentó a sus anchas en el jardín dispuesto a aprovechar que Mariela, su esposa, le dio un respiro al ir a visitar a una prima enferma en la ciudad vecina. Bienvenido sonrió feliz, hoy tenía todo el tiempo del mundo para leer sobre su tema predilecto como a él le gustaba y consideraba que debían leerse las noticias del mundo deportivo: solo y tranquilo. Sin embargo, por un cierto momento Bienvenido esperó su retorno (y no sin razón pues en más de una ocasión Mariela había salido y al rato con una excusa cualquiera había vuelto tras sus pasos, y ahí, ¡adiós suplemento deportivo!); pero pasados cuarenta largos minutos consideró que esta vez nada haría volver a Mariela. Con la satisfacción estampada en el rostro Bienvenido desplegó el diario, justo cuando sonaba la campanilla. El corazón le bombeó con fuerza y pensó en Mariela. ¿Será que esta vez habría extraviado la llave de la casa, por eso llamaba a la puerta? Resignado a su destino de lector deportivo eternamente interrumpido y, por eso mismo desgraciado, fue de mala gana a abrirle la puerta a su esposa. Pero no era Mariela, era un hombre al que nunca había visto en su vida. 

   "¿Qué desea, señor?", preguntó. 

   "Le ruego que me disculpe y le interrumpa la lectura del suplemento deportivo, pero lo que le tengo para decir es de suma urgencia, sino de extrema desesperación", dijo el hombre. Bienvenido notó que el hombre estaba muy preocupado, porque mientras hablaba no dejaba de mirar hacia los lados, como si temiera ser visto por alguien, y que también sabía algo a su respecto. 

   "¿Y cómo sabe usted lo del suplemento deportivo?", inquirió, intrigado. 

   "Me lo ha contado Mariela. Perdón, su esposa", dijo el desconocido, disculpándose. 

   "¿Y se puede saber de dónde la conoce?", preguntó, ahora más intrigado aún. 

   "Es porque somos amantes", respondió el hombre, poniendo cara de arrepentido. 

   Bienvenido, lejos de sorprenderse, o de ofenderse tal la reacción obvia de un marido traicionado, invitó al hombre a que pasara para conversar mejor. El hombre aceptó y no bien llegaron al jardín éste notó el diario abierto en la parte deportiva en uno de los bancos. 

   "Mariela estaba cierta", pensó.  

   "Bien, dígame entonces lo que ha venido a decirme de una vez", dijo Bienvenido, agarrando celosamente el suplemento. 

   "No aguanto más", dijo el hombre, yendo directamente al asunto, y en seguida añadió: 

   "Quiero decir no la aguanto más a Mariela, digo a su esposa". 

   Bienvenido, que se había dado cuenta cómo le brillaron los ojos cuando vio el suplemento, creyendo vislumbrar de antemano un amigo con una afición en común, le preguntó: 

   "¿No me diga que a usted también le gustan los deportes?" 

   "Sí, con locura", respondió el otro, sonriendo de oreja a oreja, y en seguida sacó de su maletín el mismo suplemento deportivo del día que Bienvenido tenía en sus manos y se lo mostró. 

   "Lo comprendo, ¡y cómo! Pero ¿dígame qué puedo hacer por usted?", dijo Bienvenido, solidarizándose con el hombre.

   "Bien, no sé por donde empezar", dijo el hombre, titubeando.

   "¿Que tal por el principio?", le sugirió Bienvenido. 

   "Sí, creo que es lo mejor, dijo el hombre; la verdad, como usted sabrá mejor que yo ya que lleva casado con Mariela más tiempo de lo yo soy su amante, es por su maldita manía de volver cada vez que sale, con lo que la lectura profunda del suplemento se me hace imposible". 

   "¡Ah, si lo sabré!", exclamó Bienvenido, revoleando los ojos y dando un soplido desganado. 

   "Bueno, como sabemos que Mariela está en la casa de su prima enferma, pensé que si usted no se incomoda podríamos compartir la serenidad del jardín para leer juntos el suplemento, va que se le dé por pasar por mi casa antes de venir para acá. Desde ya le aseguro que no lo interrumpiré con comentarios impertinentes", propuso el hombre, casi como suplicando. Bienvenido pensó por un momento en la propuesta del otro y no viendo ningún inconveniente en todo ello aceptó de buena gana. 

Estaban los dos hombres tranquilamente en la mutua lectura cuando de repente sintieron que la puerta de la calle se abría, el corazón se les congeló en el acto. Era Mariela, que al ver a los dos hombres exclamó, con cara de desaprobación: 

   "¡Ajá, qué bonito!, con que están ahí los dos". 

                                                             Fin. 


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