La confirmación - parte 1

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Juan andaba en el fondo de la casa acomodando unas herramientas cuando escuchó detrás suyo una voz:  

   ¡Hola Juan! Era su amigo Cacho, con el cual estaban haciendo una changa, momentáneamente parada por falta de material. 

   ¡Ah, sos vos!, qué tal Cachito, dijo Juan, con cierta sorpresa. 

    Vine a ver si la señora de la casa confirmó lo de los materiales, dijo Cacho, que como siempre andaba escaso de fondos y quería saber si la dueña de la obra ya había comprado los materiales para continuar con el trabajo. 

   Hasta anoche nada, pero quedó en comprar el material de un momento a otro. Me dijo que me confirmaba hoy. Vamos a ver qué pasa, respondió Juan que, como su amigo, también andaba a los saltos. 

   ¡Qué joda! Estaba esperanzado de conseguir un dinero para este fin de semana, pero si todavía no te confirmó nada... , se lamentó Cacho. 

   Yo también, porque tengo que confirmar la fecha del catecismo de la nena. El día se me viene encima y no tengo ni para una miserable fiestita siquiera. Cosa poca, para los íntimos nomás, pero ya sabes, todo cuesta un ojo de la cara y a cada día todo aumenta un poco más, se quejó Juan, contrariado.

   ¡Y bueno, qué se ha de hacer!, dijo Cacho, desconsolado porque veía diluirse en el aire húmedo de la mañana los planes que tenía para el sábado a la noche junto a su novia. Insistió, antes de marcharse, en que Juan le confirmara apenas la dueña confirmara la compra del material. 

   Sí, no te preocupes Cacho, te confirmo apenas la señora me confirme a mí, le dijo Juan. 

   Bueno, entonces me voy, Juancito, tengo que hacer algunas cosas, dijo Cacho. 

   Está bien, Cacho. Te acompaño hasta el portón, le dijo Juan. 

   Ya en la vereda, Juan saludó a algunos vecinos que barrían la vereda de sus casas y se despidió de su amigo, que una vez más le recordó lo de la confirmación del material. 

   Sí, quedate tranquilo Cacho, te confirmo, dijo Juan. 

   Hola, Juancito, escuchó Juan, a un costado. Ahora doña Matilde, la vecina viuda de al lado, que salía de su casa. 

   Buen día, doña Matilde, ¿cómo anda?, dijo Juan, sonriendo.

   Acá andamos, confirmando que los perros no me hayan roto la bolsa de la basura, se quejó la viuda.

   ¡Ah, esos perros! Siempre igual. Bueno, hasta luego doña Matilde voy a seguir haciendo algo en el fondo, se disculpó Juan. 

   Hasta luego, Juancito, dijo la viuda, mientras inspeccionaba las bolsas. 

   Luego de cerrar el portón, Juan experimentó algo extraño, una rara sensación que no supo explicar porque no encontró el motivo que lo llevara a sentirse así. Al entrar a la casa vio que su esposa ya se había levantado y ponía la pava para el mate en el fuego.

   Buen día, mi amor, la saludó Juan con un beso.

   Buen día, cariño. ¿Qué quería Cacho?, le preguntó ella. 

   Quería saber si la señora de la obra ya había comprado el material para continuar el trabajo. A propósito, vos que entendes más que yo la compu, ¿podrías ver en internet cómo estará el tiempo para el fin de semana?, mientras yo preparo el mate, dijo Juan.

   Claro, ya te lo confirmo, respondió su esposa, encaminándose hacia la computadora. De repente dentro del cerebro de Cacho algo hizo "click". 

   ¡Listo! ¡Era eso!, exclamó Juan, al descubrir lo que le estaba atormentando desde que cerrara el portón: las reiteradas repeticiones de las palabras emparentadas del verbo confirmar. Se preguntó cuántas veces las había oído esa mañana y cuántas veces más habría de oírlas durante el resto del día. Pero ¿por qué razón? De momento no lo sabía. 

   Confirmado, mi amor, hará buen tiempo el fin de semana, le dijo su esposa. 

   Espero que no se equivoquen esos meteorólogos, comentó Juan, mientras lo de "confirmado" dicho por su esposa le rebotaba en el cerebro como una pelotita de ping pong. 

   Si quieres lo confirmo en otra página, dijo su esposa, reiterando lo que tanta pesadumbre lo afligía. "De nuevo la palabrita insistente", pensó Juan. En seguida le contó a su esposa lo que le sucedía con la palabra confirmación y sus variantes. Ella le respondió que era apenas una casualidad.

   Como cuando en la lotería se le da por salir determinado número durante unos dí­as seguidos y después otro número toma su lugar, nada más, le dijo ella. 

   Juan pensó que su esposa tenía razón y se olvidó del asunto por un momento. 

   Pero durante el todo el día volvió a escuchar confirmar, confirmo, confirmación, confirmado, confirmaría, se confirma, etcétera, una y otra vez. En la televisión, en la radio y a su alrededor. A través del tapial en la voz de un vecino y en una canción que sonaba desde alguna casa cercana; por el parlante de un vendedor de verduras, que insistía para que las vecinas se acercaran al camión para confirmar lo fresca que estaba su mercadería; en un cartel de un avión propaganda, donde se veía escrito "¡Confirmemos ya!", instando a la población para reunirse en un acto público para alguna cosa en la plaza central del barrio. Después apareció la hija queriendo que le confirmara sobre la fiesta y cuando, a la noche, quiso abrir su correo electrónico la computadora le pidió confirmar la seña. Ya a esa altura Juan creí­a que la maldita palabra era la señal de algo fatal que le ocurriría, aunque ignoraba el por qué del antojo, a la medianoche. Claro que no le contó a su esposa su inquietud, porque imaginó que ella le diría que estaba paranoico sin ninguna razón, más aún con lo de "medianoche". Seguro que le diría que era por su gusto por la películas de terror, donde lo peor siempre ocurre a esa hora. Pero sea lo fuere que le ocurriera no lo iba a sorprender dormido: lo esperaría despierto. 

   


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