Regreso - parte 2

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Adalberto salió del bar más confundido que al entrar. El día ya aclaraba y la neblina iba disipándose despacio, cuando Adalberto tuvo una sospecha, o un pálpito, no supo en ese momento cómo definirlo. Pensó que muy bien podía volver al bar y hacerle un par de preguntas más al dueño, pero no queriendo pasar por trastornado reprimió el impulso y en lugar de dirigirse a la dirección indicada en la carta se encaminó a la casa donde había vivido en su infancia. El reloj marcaba las seis y media pasadas.     La casa estaba igual, el cartel donde un día un padrastro que duró poco anunciaba que pintaba casas aún estaba en lo alto de la pared; también la puerta de tablas pintada de verde y al lado, la madreselva enredada al tronco del paraíso; más allá, pasando el ligustrín, la casa de sus tíos. Después otros recuerdos olvidados resurgieron del pasado. Su primo Jorge, el carting, la primera bicicleta, el tío Pepe, la tía Negra y tras esos recuerdos la más improbable realidad: bien delante de sus ojos la puerta de su antigua casa se abrió y él, sí, él mismo, se despidió de su madre con un beso y siguió hacia el colegio. Adalberto se quedó como petrificado sin saber qué pensar ni qué hacer. Después del shock inicial su primer impulso fue seguir al niño, o debería decir seguirse a sí mismo, en ese momento vio a la tía Negra, más flaca y más joven, viniendo hacia la esquina. Ella nunca salía de casa, algunas noches para ver el corso o para visitar alguna hermana, allá a las perdidas. Pero esa mañana se le había dado por salir. Adalberto no pudiendo aguantar el impulso de saludarla le dijo cuando pasó a su lado:     ¡Hola, tía! La tía lo miró por un segundo, en la mirada se le notaba la confusión que la embargaba. Inmediatamente puso cara de asombro, hizo un gesto vago y miró hacia la casa y al volverse su cara ya expresaba horror. Él iba a preguntarle en qué año estaban cuando ella cayó desmayada, entonces Adalberto, tanto o más asustado que su tía, salió corriendo y no paró hasta llegar a la entrada del pueblo donde esperó el ómnibus que lo llevaría de vuelta a la capital, convencido de que no regresaría a Santa Carmen nunca más.                                                                  Fin.                                                              

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