Primavera - parte 5

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VII- LA SOSPECHA 

A la hora del almuerzo Juan Carlos lo llevó al restaurante. Estaba lleno, pero por suerte (o no, pensó Vivas, sospechando algo raro) la mesa que siempre ocupaba en el rincón estaba vacía. Una hora después Juan Carlos lo pasó a buscar. En el trayecto de vuelta al hotel se lo pasó hablando del hermoso día que hacía, que los pajaritos, que las flores, que la gente feliz, que los nuevos negocios, que la prosperidad nunca vista y Vivas, atento al mensaje subliminal, ya no tenía dudas, las palabras de Juan Carlos revelaban un ardid tejido a su alrededor para retenerlo en el pueblo. Por la tarde bajó al comedor (estaba lleno de turistas), pero el lugar que siempre ocupaba, sorpresivamente (o premeditadamente, pensó), estaba vacío como en el restaurante, a pesar que había algunos turistas merendando de pie. A la noche no quiso cenar, Juan Carlos lo fue a buscar a la habitación, pero Vivas le dijo que le dolía la cabeza. 

   Si quiere le traigo un calmante, se ofreció, pero Vivas le mintió diciendo que ya había tomado uno y que solo quería irse a la cama. A la mañana siguiente no quiso desayunar y se encaminó a lo del gomero para apurarlo con su presencia.

   ¡¡¡No lo puedo creer!!!, exclamó Vivas cuando se encontró con la cortina metálica de la gomería baja y con un cartelito que anunciaba: "cerrado por vacaciones". En vano llamó al gomero que vivía en la casa contigua, nadie contestó. Llamó a un vecino y éste le dijo que no sabía de nada. Cuando volvió al hotel le contó lo sucedido a Juan Carlos, que recibió la noticia poniendo cara de sorpresa, pero Vivas sospechó que fingía. 

   Y para peor es que no tiene parientes en el pueblo y yo no tengo su número, justificó Juan Carlos.

   Bueno, tendré que tomar un colectivo y después mandaré a buscar el auto, dijo Vivas, ya totalmente convencido que todo el pueblo estaba confabulado para retenerlo allí. Pero, ¿por qué? Aún no lo sabía, necesitaba pensar.  

   Bien, subiré por mi equipaje, dijo y subió a su habitación. Juan Carlos no dijo nada, pero se lo quedó mirando, hundido en negros pensamientos, mientras sacaba el celular de un bolsillo del pantalón. Mientras empacaba las pocas cosas que había sacado de las maletas, como un torbellino lo acometían las hipótesis más descabelladas y todas convergían en una misma conclusión: su permanencia definitiva en Villa Del Monte. Cuando bajó a la recepción, con el dinero en la mano, dos hombres sentados en los sofás leían el diario en silencio y detrás del mostrador Juan Carlos limpiaba la superficie con una franela. 

   Buen día, saludó, fingiendo parecer cordial.

   Buen día, dijo Juan Carlos, mirando a los dos hombres y en esa mirada Vivas presintió una oscura finalidad. 

VII- El CAUTIVERIO 

 


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