Primavera - parte final

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Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
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VIII- LA FUGA

   Tengo que pensar, volvió a murmurar mientras se dejaba caer sobre el colchón. Sintió un pinchazo en la nalga, el colchón era de resortes, un pedazo de alambre sobresalía de la tela casi podrida como una uña oscura y dura. Vivas no se atrevió a dar vuelta el colchón porque con seguridad del otro lado estaría hecho un asco, así que empujó el alambre hacia adentro. Mucho después sintió ruido en la puerta, en la parte de abajo se abrió una especie de puertita, que con la escasa iluminación no había notado; alguien le pasó una botella plástica de agua y un tenedor y un plato descartables, con un pedazo de carne hervida, fideos y un pan. En vano intentó que la persona le dijera el motivo del secuestro ni hasta cuando lo tendrían preso. Más tarde la puertita se abrió y una vos de hombre le pidió el plato y el tenedor, cuando Vivas se lo pasó él le tiró un rollo de papel higiénico. De madrugada Vivas se despertó cuando el alambre volvió a pincharlo, esta vez en la espalda, en ese momento soñaba que tanteaba las paredes buscando un punto de escape. De pronto tuvo una idea, pero esperó hasta que amaneciera para ponerla en práctica. Mientras tanto se puso a elaborar un plan de fuga. Después que le trajeron el desayuno, una botellita plástica con té chino tibio y dos panes y la puertita se cerró Vivas dio vuelta el colchón, rasgó la tela y tironeó un par de veces hasta que pudo desprender uno de los resortes y arrancar un buen pedazo de la tela. Después se acercó a le ventana, abrió un resquicio, pasó una punta del alambre y volvió a cerrarla, entonces forzó hasta enderezarla. Después pisando el resorte lo comprimió contra el piso y pasó la tela por todo el contorno y la anudó. Ya tenía la llave de la libertad: una argolla forrada con una punta para escarbar entre los ladrillos. Después se midió con la manos la anchura entre hombro y hombro: casi dos cuartas y media; y en un rincón midió, sobre la pared que daba afuera, tres cuartas desde el piso y otras tres desde la pared lateral. El paso siguiente fue marcar un recuadro y empezar a raspar el reboque hasta llegar a los ladrillos. No fue sencillo porque tuvo que cuidarse de no hacer demasiado ruido y al mismo tiempo estar atento a la puerta. Cuando estuvo listo el corte desprendió el reboque por partes. Si alguien entraba y veía el pedazo de reboque faltante estaba liquidado, entonces pensó que ante tal eventualidad la solución sería arrastrar el colchón y sentarse de espalda a la pared, pero ¿y si lo hacían pararse...? No quiso pensar en esa posibilidad, tenía que seguir. La tierra la fue desparramando sobre los pedazos del reboque donde pondría el colchón caso entrara alguien. A la hora del almuerzo se puso nervioso, pero le fue pasado otra botella de agua y la comida normalmente. Esperó hasta que la puertita volvió a abrirse y sin esperar a que le pidieran el plato lo pasó y esperó unos minutos. Cuando no escuchó movimiento continuó escarbando y para el atardecer ya había aflojado dos ladrillos, pero no quiso sacarlos todavía porque podía desprender el reboque externo. Entonces siguió escarbando entre los otros ladrillos. Después de la cena y de haber devuelto el plato desprendió el resto de los ladrillos y con los pies presionó, poco a poco y con sumo cuidado, el reboque externo. El ruido al quebrarse y caer fue mínimo, pero para él fue como una explosión. Entretanto esperó unos minutos antes de aventurarse a la libertad, su corazón latía a mil revoluciones por minuto. Para serenarse echó mano de la respiración diafragmática y así respirando hondo se quedó hasta que no pudo aguantar más, el aire fresco olía a libertad y ella lo llamaba: demorarse más en aquella espera no tenía sentido. Asomó la cabeza y miró a ambos lados, no había moros en la costa, ni los perros merodeando, que era su mayor temor. Avanzó arrastrándose como lo había hecho tantas veces en el servicio militar y visto en películas, tan pegado al piso como le era posible. Calculó que hasta donde terminaban los árboles serían unos cien metros, pero dadas las circunstancias era como si tuviera que arrastrarse por un kilómetro. Dos o tres veces oyó ladridos que le hicieron helar la sangre, parar cada vez y mirar hacia la casa, pero no vio ningún movimiento y ninguna otra luz que no fuera la del hueco en la pared y en las finos resquicios en los bordes de la ventana. Sus captores, o estaban del otro lado de la casa o habían vuelto al pueblo. Cuando, por fin, después de una eternidad, llegó hasta el último árbol se puso de pie, temblaba sin control y sudaba horrores, pero ya había pasado lo peor. Ahora solo tenía que largarse de allí lo más pronto posible. Escudriñó el horizonte, el resplandor de Villa Del Monte se insinuaba a varios kilómetros, entonces empezó a correr a campo traviesa hacia allí. Calculó que serían como la una o las dos de la madrugada cuando llegó cerca de las primeras casas de los arrabales, no más le quedaba rodear el pueblo siguiendo por los campos sombríos hasta llegar a la ruta. 

   Aún estaba oscuro cuando un camionero que lo vio haciendo dedo al costado de la ruta paró. 

   Y ya era día amanecido cuando unas explosiones despertaron a Juan Carlos, que estiró el brazo en la oscuridad para prender la luz: el reloj marcaba las seis de la mañana. Se acercó a la ventana para ver a qué se debían aquellas explosiones, pero al levantar las persianas angustiado vio que llovía a cántaros, supo entonces sin que nadie se lo dijera que Vivas había escapado. 

                                                                  Fin. 


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