Brynlaith y el camino de piedra - parte 1

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Brynlaith soñaba que vagaba perdido en una tierra extraña, oscura, desdibujada, cuando oyó una voz de mujer, escondida y sin rostro, que lo llamaba desde algún lugar: "Brynlaith, Brynlaith", esa voz lo despertó. Brynlaith abrió los ojos y de inmediato se puso en estado de alerta, intuyó que no estaba solo. Empuñó su espada, que yací­a a un costado del lecho de piel de bestia, y se puso de pie. La hoguera casi apagada no alumbraba ni calentaba ya. Observó con cuidado la pila de leña contra la pared rocosa, si había alguien más solo podría estar escondido detrás de ella o a uno de los lados. Se movió con cuidado esforzándose por observar el contorno de la pila, pero no encontró ningún cuerpo agazapado y listo para abalanzarse sobre él. Recogió unos leños, removió las cenizas con uno de ellos y luego tiró sobre las brasas el resto y un trozo de cebo, en seguida se arrodilló y empezó a soplar para avivar las brasas. Pronto el fuego iluminó todo el interior de la cueva. Ahora, con más claridad examinó toda la amplitud del recinto; tal vez alguna alimaña se escurriera por la noche y, aterrorizada, se mantenía inmóvil debajo de los leños o quizás ya se había marchado sin dejar rastros, pensó. El sueño aún lo perturbaba, pero la voz, tan real en el sueño, poco a poco iba desvaneciéndose hasta que un momento después se tornó un vago recuerdo. Con el crepitar de la leña, tomó conciencia del silencio exterior. Se acercó hasta la entrada y asomó la cabeza por entre las gruesas pieles que cubrían la entrada. La lluvia que duraba hacía varios días había cesado y eso alegró su espíritu. Aún era de madrugada y no se oía ninguna voz, ningún rumor, todo estaba desoladamente quieto y oscuro. Los habitantes de Sinkór aún dormí­an. Brynlaith fue hasta el fuego y se quedó sentado con la vista clavada en las llamas, pensando nada en concreto, apenas dejando que sus pensamientos vacíos fueran arrastrados por las hipnóticas formas rojo anaranjadas de las llamas hasta que amaneció. 

II

Y la tierra de los días grises amaneció como siempre habí­a amanecido desde que él pudiera recordarla, pálida y de un gris difuso. Hasta donde sabía, ni él ni el habitante más longevo de Sinkór conocían dí­as de otro color. El sol, la luna y las estrellas, como tantas otras cosas del mundo antiguo, que por su prolongada ausencia habían sido dejadas de pensarse, ahora eran conceptos abstractos y sin explicación definida e interpretados distintamente por cada uno de sus habitantes. Para la espesa y eterna niebla tampoco tenían una explicación, estaba a su alrededor para condenarlos a una vida casi a ciegas todos los días de sus vidas y ya. Brynlaith odiaba aquel lugar y tení­a claro que nunca se identificaría con el resto de esa extraña sociedad, formada por unas pocas docenas de almas que al irse reproduciendo entre sí­ se consideraban más una familia que una tribu, aunque ésto lo excluía a él, siempre tratado como un extraño. Un tanto por no descender de ellos (una mujer lo encontró aún niño y al morir poco tiempo después, nadie se hizo cargo de él, con lo que creció en medio de ellos pero separado y otro tanto por su propio distanciamiento, que en sí era una forma de negar todo lo que Sinkór representaba. Por eso mismo nunca se le había pasado por la mente formar familia con ninguna mujer del lugar, con toda la contrariedad que ello conllevase; además, pensaba que cualquier relación amorosa sería un amor fingido, un amor sin fundamento, que derivaría únicamente de una necesidad sexual y no del albedrí­o de su corazón. Veí­a que las personas de Sinkór, temerosas de los peligros que ocultaba la niebla, se habían conformado a vivir atrapados en aquel maldito lugar que llamaban hogar, pero conformarse con aquel lugar y con aquel pueblo no entraba en sus planes. 

III

Después de comer la última alimaña ahumada tomó el morral de cacerí­a, la espada y salió al descampado donde se reunían y pasaban el tiempo los sinkorianos, una especie de patio amplio en la ladera de la montaña donde estaban escavadas sus cuevas. Oyó murmullos por aquí y por allá, buscó con la mirada y encontró bultos apenas perceptibles moviéndose vagamente entre la cortina gris de la espesa niebla. Al atravesar el descampado, chapaleando en el barro hacia las entrañas de los bosques muertos, del lado opuesto a las cuevas, pasó por algunos sinkorianos, que saludó ligeramente. Algunos se preparaban para salir de caza, lo cual hací­an siempre en grupos, por el peligro que representaban las bestias y por lo fácil que resultaba perderse en ese mundo casi sin puntos de referencia, y porque al momento de cazar tenían más probabilidades de éxito. El único que no temía perderse ni temía a las bestias era él (la verdad no le temí­a a nada) y preferí­a andar solo que andar acompañado de alguien temeroso a su lado, además, siendo el único a renegar de Sinkór, creía estar perdiendo su tiempo socializando con gente de pensamientos diametralmente tan opuestos. Apenas una discreta y escasa convivencia era todo lo que obtenían de él. 

   Cada vez que salía de cacería acostumbraba hacerlo en diferentes direcciones y a mayor distancia, siempre acompañado por la esperanza de encontrar algo que, aún sin saber qué sería, lo ayudara a abandonar Sinkór para siempre. No admitía que el mundo fuese solamente aquello que lo rodeaba, tenía que haber algo más en algún lugar. 

IV 


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