La vana espera

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Muere la tarde, crece la espera; anda inquieto de aquí para allá, se nota de lejos la ansiedad que lo embarga. Patea una lata de gaseosa que vuela y se pierde entre las flores de un cantero; se agita, se seca la frente, parece que va a convulsionar. Durante todo el tiempo mira hacia una esquina de la plaza en particular: aguarda por alguien, ¿una novia, una amante, o solo un amor que sólo él conoce?, ¿un encuentro o una constatación?, quién sabe, pero de cualquier manera es una espera que lo abala. Mira la hora  en el reloj pulsera y en seguida en el de la iglesia. El ansia crece y estira el cuello, se alarga como un elástico, pero aún eso no le basta porque busca con la mirada urgente por más altura. Ya lo ha encontrado, se sube en un banco pero aún es insuficiente; trepa al monumento de la bandera y sigue siendo poco, entonces se abraza al mástil y empieza a trepar. Pero cuando llega a la punta solo encuentra la desilusión de un horizonte cruel; su abrazo pierde fuerza y empieza a resbalar, lento como baba: ella lo ha dejado plantado otra vez. De manera que se martiriza encontrando razones dolidas; se angustia por su ausencia sin motivo; se desinfla, se achica, para finalmente  consumirse en las primeras sombras del crepúsculo. 

                                                             Fin. 


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