TRES MOTERAS, TRES CONSOLADORES

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Empezó a llover, mientras yo, de pie sobre el asfalto, te esperaba. Sentía las gotas de agua empapándome las medias, enfriándome los muslos. Bajo la lluvia, mi gabardina de vinilo brillaba como un gran y oscuro espejo informe.

Llegaste en tu Range Rover, y bajaste para cubrirme con tu paraguas y abrirme la puerta. Esos detalles no se olvidan en un hombre. Al subir al coche empecé a entrar en calor, sentí el agradable tacto del cuero de sus asientos, sentí el dulce sabor de tu boca en el primer beso.

Atravesamos avenidas y bulevares, tu mano me acariciaba la entrepierna y yo te devolvía la caricia, apretujando con suavidad tu pene. Dejamos atrás los últimos barrios residenciales de la costa, sumidos en ese halo de tristeza de una urbanización en otoño.

La playa estaba desierta. En el mar, ante nosotros, se levantaban efervescentes olas de cabellera alba. Nos acompañaba el murmullo del agua cayendo sobre los cristales.

Me descalcé, y riéndome me deslicé al asiento posterior, estirándome sobre él, con las piernas abiertas. A través del techo panorámico vi pasar una gaviota, bajo las nubes que corrían raudas, empujadas por los vientos. Reflejada en el cristal, la raja de mi coño se definía como la boca boba de un espíritu burlón.

Torpemente pasaste entre los asientos delanteros del coche, con el cinturón y el botón de tus pantalones desabrochados. No terminabas de encontrar la postura correcta, se notaba tu inexperiencia.

Puse mi índice sobre tus labios y te musité: espera un poco, apártate. Me levanté, apoyando mis pies sobre el asiento. Me giré hacia la luna posterior del Range, y doblándome sobre la bandeja del maletero, puse mis nalgas entre los reposacabezas. Miraba a través del cristal el mar y las olas, formaba el viento torbellinos sobre la arena. Te dije: Ahora puedes. Entonces te inclinaste sobre mi cuerpo y empezaste a penetrarme, con fuerza, a golpes, metiéndome tu pene. Me dolía, sentía placer, empujaba con mis manos sobre el cristal posterior, empañándolo con mis jadeos, viendo el reflejo de mi mirada desorbitada antes de que el vaho borrara mi cara.

Llevábamos así unos minutos, cuando oímos un rumor, el zumbido de unos motores. Aparecieron desde detrás de una duna, junto a nosotros, tres motos de gran cilindrada, que rodearon el coche.

Antes de que llegaras a reaccionar, uno de los moteros abrió la puerta, que tú no habías cerrado. En ningún momento dijeron nada, en ningún momento dejaron que les viéramos las caras, ocultas bajo los cascos.

Nos sacaron arrastras, tirándonos a la arena. Yo llevaba sólo un corpiño de raso púrpura con pedrería, las medias y unos altos peep toes rojos.

Te dieron un golpe en la cabeza y entre dos de ellos te metieron en el maletero del Range, mientras el tercero me sujetaba para que no intentara huir.

Con las gomas elásticas del portaequipajes de sus motos ataron mis muñecas a los limpiaparabrisas del coche y me abrieron de piernas, atándome las rodillas a los extremos del paragolpes. Me metieron una dosis brutal de popper combinado con otras sustancias, que hicieron que me relajara, dejara de sentir miedo, y sintiera una sed infinita de placer. No pude parar de reír, no sentía el frío del metal del capó del auto bajo mi espalda, ni el frescor de la lluvia que no cesaba. Mi piel desnuda estaba perlada de pequeñas gotas, como los pequeños brillantes que adornaban mi corpiño.

En aquel momento uno de los moteros sacó un enorme consolador, de color negro, y después de conectarlo a la toma de corriente del Range me lo introdujo bruscamente en la vagina. Me volví loca de placer, no podía dejar de reír. Después el segundo de los moteros sacó un segundo consolador, y poniéndome de lado, después de lubricarlo, me lo introdujo en el ano. La vibración recorría mi vientre, mis glúteos. Yo reía y gritaba como una loca.

De repente los tres moteros se pusieron ante mí, y se quitaron sus cascos, dejando caer unas largas cabelleras sedosas. Eran tres jóvenes de unos treinta y tantos años. Una de ellas, la que todavía no me había tocado, sacó un tercer consolador y me lo introdujo en la boca. La vibración hacía que mis labios temblaran sin parar. Para evitar que lo expulsara con mi lengua, me amordazó, sólo podía respirar por la nariz. La asfixia, la vibración que recorría mis zonas más erógenas y el chute de estimulantes me enervaban de gozo.

- Te gusta comer pollas ¿verdad puta? Pues espero que te hartes. Te vas a quedar aquí, así como estás, hasta que se despierte el imbécil de mi marido, sí, ese pendejo que está en el maletero, o tengas suerte y aparezca alguien que te libere. Que te sirva de lección puta.

Volvieron a ponerse sus cascos, montaron en sus motos y sólo llegué a oír cómo se alejaban. Tal como estaba no podía ver otra cosa que el cielo, mientras mi cuerpo, atado al Range, se sacudía como si recibiera descargas eléctricas.

Pasaban las gaviotas, majestuosas,

Tuvimos suerte y al poco llegó una patrulla de policía, que nos liberaron y nos trasladaron a una clínica.

En esta carta te he relatado, Luis, lo vivido aquella mañana, porque el golpe te afectó a la memoria. Siento tener que despedirte, pero no puedo volver a verte. Espero que encuentres otro despacho de abogados donde ejercer, no puedo seguir coincidiendo contigo, recordando aquel día, esperando ver aparecer a tu esposa.

No debería decírtelo, pero desde aquel día sólo puedo soñar con ella.


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