La tormenta pasajera

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El cielo cubrió el poblado de casas color tierra de una techumbre tenebrosa formada por nubes siniestras que escupían rayos que hacían temblar la tierra y centellas que al encuentro de un alambrado, seguían su curso eléctrico hasta morir en algún lugar de los campos desérticos que rodeaban aquel pequeño mundo con distancias llanas hasta el infinito. Los pobladores del lugar desde las ventanas y debajo de pálidas galerías miraban azorados para aquella amenaza del cielo con la memoria anticipada de un futuro de inconcebibles y funestas consecuencias. Los más viejos, a modo de comparación, recordaban antiguas catástrofes; una creciente que se llevó todos los bichos que encontró desprevenidos o sin resguardo humano; una plaga verde hecha de millones de langostas hambrientas que cuando siguieron su camino de destrucción todo quedó vacío y pelado como los esqueletos de los árboles sensibles al invierno, o un huracán que desparramó por los campos infinitos los despojos del poblado arrancados a la fuerza. Cuando el viento empezó a hacer chirriar las chapas todas las puertas y ventanas se cerraron; las viejas se certificaron que los cuchillos detrás de las puertas de entrada estuvieran bien clavados en la tierra, que los espejos estuvieran dados vuelta contra la pared o bien cubiertos con algún trapo. Las velas encendidas a los santos ardían en silencio, garantizando la seguridad basada en la fe que por temor tenían arraigada dentro de sí. Los más chicos jugaban a cualquier cosa para entretener sus monótonas horas de encierro forzado, pero con aquel desgano propio del juego que necesita del espacio de un patio para divertir plenamente. Ya los varones más creciditos, si tenían alguna compañía, jugaban a las cartas y las muchachas de la misma edad leían fotonovelas o, aprovechando el encierro obligado, zurcían alguna prenda. Afuera el torbellino del viento entre los árboles y las voces tronadas del cielo amenazante no dejaban escuchar las voces de los animales que, así como los humanos, manifestaban a su modo el temor que la tormenta infundía en sus espíritus. Hasta que las primeras gotas, cual cascotazos del diablo, se hicieron sentir sobre el chaperío. Arrimados contra las rendijas de puertas y ventanas, los que no se entretenían con nada, espiaban el fin del mundo hecho noche y que con cada relámpago mostraba un blanquecino suelo de granizo. Pero llegó el momento en que todos tuvieron que abandonar sus pasatiempos y correr a tapar las puertas con cualquier cosa, antes que el agua se les metiera en su intimidad. Una hora más tarde el mundo exterior silenció sus golpes sobre las chapas y solo quedó el silbido del viento helado que se llevaba la amenaza de catástrofe para otros parajes. No bien las aguas escurrieron puertas y ventanas fueron abriéndose tímidamente; los vecinos a mirarse de lejos y manos a saludarse con señas mudas; los chicos, incontenibles, salieron a jugar en el barro y los animales a abandonar los abrigos y reparos, mientras los primeros olores a torta frita en grasa empezaban devolver la esperanza a los espíritus que nuevamente miraban la vida sin temor. 

                                                          Fin. 


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