La Estructura

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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Josué Montalvicenzo tenía un sueño, presenciar un partido de fútbol en el estadio del club de sus amores y de paso conocer la capital, el centro neurálgico no solo de la provincia sino del país. Sus problemas comenzaron cuando fue a sacar pasaje y le dijeron que los autobuses llegaban hasta tales y tales ciudades y pueblos, pero a la capital era imposible ingresar por ningún medio ya sean terrestres, aéreos o fluviales. Josué no encontró manera de que alguien en todo el pueblo le pudiera explicar el porqué de aquella prohibición. "Es imposible de creer", se dijo; pero una mañana, con una pequeña mochila en la espalda, tomó un autobús que llegara hasta la ciudad  lo más lejos posible.

   Apenas bajó del autobús, buscó la salida del pueblo y a pie se dirigió hacia la capital. A medida que se alejaba de aquella ciudad la negrura absoluta de la noche fue envolviéndolo todo. Por el mapa que tenía en manos el resplandor de la gran metrópolis ya debía ser percibido, sin embargo... nada. Siguió caminando por el medio de la ruta desierta hasta que, de pronto, sintió chocar contra algo, ni tan duro ni tan blando. Enfrentó el susto, que de inmediato había tomado posesión de su ser, y tanteó la oscuridad, entonces sus manos dieron con la superficie inconfundible de un alambrado. Pasó la noche allí mismo, junto al alambrado. Por la mañana, una tierra abandonada a la naturaleza salvaje confundió sus pensamientos. A unos pocos metros del alambrado el asfalto desaparecía bajo la vegetación invasora. ¿Qué significaba aquella irrealidad? Josué supo que para desvendar tal incógnita debía saltar el alambrado y continuar de cualquier manera. 

   Anduvo días y noches por aquel mundo salvaje y olvidado, pasando por ciudades fantasmas cubiertas por enredaderas, alimentándose únicamente de higos, hinojo y huevos de pajaritos que comía crudos, con cáscara y todo, como si fueran bombones de licor. En todo ese tiempo se sentía invadido por las dudas sobre todo: la comida que llegaba a su ciudad, que en los embalajes podía leer claramente que provenía de la capital; los programas de radio y televisión; los espectáculos deportivos; los artistas, los jugadores y la población en general. Y cuanto más se hacía preguntas más se enredaba en una maraña falta de explicación. Una tarde sus dudas fueron esclarecidas cuando unos hombres que se presentaron como "Los Disidentes" y de los cuales nunca había oído hablar, interceptaron su andar errante y lo llevaron con ellos a un escondite en lo profundo de las ruinas de una ciudad ya inmerecedora de llevar un nombre. Ellos le contaron la verdad espantosa sobre la capital: desde hacía mucho no existía más. ¿Entonces, todo lo que veía en la televisión, y los diarios y las revistas y la gente? Una ilusión, le dijeron. ¿propiciada por quién? Eso, nadie sabía por quién, pero sabían donde era producida. Unos días más tarde lo llevaron a ver La Estructura, como ellos llamaban a aquella instalación en medio de las ruinas de la antigua capital. 

   Pero iremos atravesando kilómetros entre ruinas, dijeron, debemos evitar el único camino transitable que conduce a ella de lo que queda de civilización. Josué interpretó como civilización los pueblos como el suyo. Por fin, unos días después, divisaron a lo lejos una estructura oscura de aspecto cada vez más siniestro a medida que se acercaban. Tenía la forma de un dado gigantesco e interminable, alzándose atemorizante hacia las alturas y a la inmensidad; era cubierta de luces intermitentes, prendiendo y apagando en una caótica sincronización, mientras un zumbido constante crecía según se acercaban. 

   Ahí la tienes, amigo, dijo uno de los disidentes, apenas llegaron a un tejido perimetral electrificado, la gran capital de la ilusión, donde se fabrica la falsa realidad. 

                                                               Fin.  

 


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