El revoltijo

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Conmoción en Santa Carmen. Todo el mundo acudió a la avenida principal para ver la nueva invención del científico loco Giovanni Giuseppe Pellegrini: el automóvil supersónico. No bien los poderosos reactores fueron encendidos el suelo empezó a temblar con magnitud de terremoto y el ruido ensordecedor obligó a taparse los oídos y cuando las turbinas llegaron a su máxima potencia todo lo que había detrás, gente, casas, árboles, asfalto, empujado violentamente y dando tumbos por los aires en un torbellino caótico, fue a parar cerca del balneario, del otro lado del pueblo, y allí quedó amontonado, hecho un revoltijo de escombros inconcebible. Por lo tanto nadie vio cuando el bólido finalmente empinó la trompa y salió disparado como un misil,  perdiéndose, en cuestión de milésimas de segundos, en el horizonte azul. 

   Los habitantes todavía estaban tratando se salir debajo de aquel pandemonium de escombros cuando, diez minutos más tarde, el vehículo supersónico, después de dar la vuelta al mundo, pasó por encima de sus cabezas. Y, nuevamente, se vieron arrastrados por la fuerza centrífuga de la máquina mortífera, yendo a parar junto con las casas, los árboles y el asfalto al mismo lugar donde estaban antes. Bueno, exactamente en el mismo lugar es un decir, porque la casa que estaba en una esquina quedó en otra, la comisaría donde antes estaba una escuela y así con todo. Y eso provocó la confusión generalizada, porque desde ese día en adelante una carta del extranjero, por ejemplo, que antes demoraba tres días ahora demoraba un mes para llegar a la dirección correcta, todo porque el cartero se confundía con las calles que ya no estaban donde debían, los números de las casas no coincidían y cuando coincidían no era el destinatario de la misiva el que salía a recibirla. Otro problema fue el pago de impuesto, ya que el propietario de un terreno de ocho de frente en un barrio alejado del centro, ahora que su casa ocupaba una esquina en el centro se veía en el dilema de tener que pagar una enormidad impagable para su bolsillo. Y además surgieron los problemas de tipo moral porque la iglesia quedó al lado de un piringundín de fama dudosa; un jardín de infantes fue a parar al lado del cementerio y así con todo. Y claro, desde entonces todo el mundo anda en litigio hasta el día de hoy, si no con la intendencia, con el vecino. 

   Mientras tanto el científico Pellegrini continúa perfeccionando un nuevo vehículo que dice estará listo para el año que viene, y que promete poner las cosas en su debido lugar. Pero la paciencia de la gente se agota día a día. ¿Y por qué tanta demora?, suelen preguntarle, a lo que él responde que hace lo que puede, al final, argumenta, el galpón donde está ubicado el banco de pruebas quedó enclavado entre el hospital y el hospicio y ésto le acarrea dos problemas al momento de probar los potentes motores: los enfermos, que cuando no se mueren de susto van a parar a la UTI, y los locos, que gritan tanto y hacen tanto alboroto, que por más que se esfuerce no puede concentrarse como es debido al momento de calibrar los carburadores. 

                                                           Fin. 


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