Don Esteban, San Francisco y el lobo

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Sábado a la noche: el boliche estaba lleno y don Esteban, el sabio se encontraba en medio del bullicio bebericando un vinito. Alguien empezó a hablar de perros, y una cosa llevó a la otra y así se llegó a los lobos. Pero en pago de galgos, ¿quién sabía algo sobre lobos? Fue en ese instante que todos miraron hacia el viejo bolacero, porque si no sabía nada, algo inventaría. Y don Esteban no se hizo de rogado y soltó su acostumbrada verborragia.

    Bueno, de lo poco que sé les voy a contar la historia de San Francisco y el lobo, empezó. Se cuenta que en la Edad Media el lobo era tenido como símbolo demoníaco, pues se la pasaba amenazando constantemente a los cristianos (pobre bicho, y pensar que cuando el hombre apareció él ya andaba por el planeta sin hacerle mal a nadie). También se decía que era el representante de la vida licenciosa, de la avaricia, de la astucia y de la herejía (es decir, parecido con la iglesia); y observen ésto: lobo viene de lupo y su femenino es lupa que al ser representada con la prostitución deriva en lupanar, por lo tanto tenido como enemigo de la iglesia. Bien, por aquella época de tan pagana libertad para pecar vivía un tal de San Francisco de Asís que fue tenido como paladín exterminador de los lobos que vivían hostigando a los histéricos cristianos, que como siempre se la daban de víctimas, pero el santo se dijo: "No haré con los lobos lo mismo que San Jorge hacía con dragones" (una pelotudez grande como una casa, lo del mito sanjorgiano y en la misma bolsa hay que poner a los chinos, puesto que los dragones nunca existieron); y así el santo este se propuso amansarlos en lugar de matarlos. Ahora, esto suena medio raro porque según la creencia popular el lobo era un símbolo sacro, no malvado como se lo pintaba en ese momento, pero debe ser como todo, que según la conveniencia del momento sirve tanto al bien como al mal, ya verán por qué. Don Esteban paró un momento para echarse un trago.

   Porque cuentan las leyendas que un tal de San Patricio se paseó por toda Irlanda montado en un lobo (cómo lo habrá puteado el pobre animal y cómo le habrá quedado de torcido el espinazo); que otro santo llamado San Columbano, que también andaba evangelizando por la isla céltica, amansó a los lobos invocando a Dios (para mí que usó algún cebo ovino y después le echó la culpa al viejo de arriba, fiel al marketing cristiano como debe ser); que otro santo entreverado con los lobos, un tal de Santiago apóstol,  disfrazado de lobo, protegía a los peregrinos que hacían la ruta de Compostela (lo que no se explica es de qué los protegía, contra los lobos está claro que no era. Tal vez de los salteadores, pero qué salteador, que malvado como debía de ser un salteador en aquellos tiempos, le temería a un hombre disfrazado de lobo, pero bueno, dicen que fue así). Otro santo de nombre gracioso, San Froilán, dicen que obligó a un lobo que le comió el burro a cargar los chirimbolos que la bestia de carga, además del santo, cargaba sobre el lomo (aquí, ante tal exageración, debe pensarse que el lobo o era gigante como para tragarse un burro entero, o el santo había bebido demasiado vino en la última taberna donde hizo un alto en el camino). Otra cosa que cuentan es que para probar la firmeza de la fe de un santo llamado San Eustaquio, Dios hizo que un lobo le llevara un hijo suyo (sí, el turro de Dios, siempre desconfiando de todos y pegando donde más duele, pero bueno, si mandó al muere a su propio hijo qué esperar con los ajenos). Otra leyenda cuenta que una tal de Santa Quiteria, virgen y mártir, iba a todos lados en la compañía de un lobo (¡y tanto frío que hacía por las noches!; bueno, no hay cómo negar que socavando y socavando ahí hay lana para varias madejas). Y las leyendas siguen. Dicen que un lobo protegía de otras fieras la cabeza decapitada de San Edmundo Mártir (claro, sino qué iba a comer más tarde); y que un tal de San Norberto, presten atención que esta es buena, obligó a un lobo, después de hacerle soltar una oveja de entre sus fauces, a cuidar un rebaño entero. El lobo se habrá muerto sin entender nada: le sacan una oveja de la boca y le dejan todo un rebaño a sus cuidados, aunque puede que el santo ese fuese un pelotudazo de marca mayor o estaría con un pedo machazo. Y también hay otras leyendas, que corresponden a otra parte  negra de la iglesia. Una habla que otro santo, un tal de San Natalis, maldijo en Irlanda a una familia para que a cada siete años uno de sus miembros se convirtiera en lobo por siete años seguidos, y cumplido ese período otro miembro, ya que los maldijo a todos, se convirtiera en lobo, y así la maldición seguiría a la familia de generación en generación, ya que nunca acabaría en tanto no dejaran de hacer hijos (y eso que el santo servía a Dios, imaginen si lo hiciera para el diablo); y otra leyenda cuenta que a un rey galés, llamado Verecio, San Patricio lo convirtió en lobo (qué rey de mierda no sería ese rey que se dejó joder por un santucho cualquiera, y sobre el santucho, qué flor de demonio resultó, ¿no?). Don Esteban paró nuevamente para remojar la garganta, y tras el trago siguió:

   También hay que resaltar que por esa época era más fácil que ahora convertirse en hombre lobo, porque no era necesario nacer séptimo hijo varón nada más, bastaba que un santo no fuera con la cara de alguien para echarle una maldición y listo el pollo, o mejor, listo el lobo (y yo que siempre pensé que santo era sinónimo de gente buena, por lo menos es lo que enseñan a creer). También era posible convertirse en hombre lobo a través del conjuro de una bruja, por ponerse la piel de un lobo (así que si hacía un rosquete de la puta madre y solo se contaba con una piel de lobo, había que cagarse de frío o terminar como licántropo), o por dormir desnudo bajo la luz de la luna (quiere decir que si un desafortunado era asaltado en esas noches y estaba lejos de casa y había luna sonaba el gaucho), o también por ser el séptimo hijo varón, la forma más común, digamos, ¡pero ojo! si pertenecía a una familia pobre, porque los ricos podían tener catorce que nada los afectaba. Es lo que digo siempre, con plata y oro cualquiera es influyente. Pero ¿el hombre lobo nunca más volvía a ser normal como los cristianos, los únicos buenos y normales? Sí, es la respuesta, porque para recuperar la forma humana bastaba lavarse la cara con agua o frotársela con hierbas mojadas de rocío, algo tan simple para algo tan abominable que cuesta creer como algunos hombres terminaban sus días en la tierra estigmatizados bajo tal maldición (salvo los eclesiásticos y otras aberraciones análogas, que ya eran malditos por voluntad propia y que ni lavándose con agua bendita serían salvos del infierno). Demás estaría decir, pero hay que aclararlo de todas maneras, que cuentan que los perros reconocían a los hombres lobo y los atacaban (que los reconocían está más que claro, con el olfato que poseen, y que le ladraran también, pero eso de que los atacaban que vayan a cantárselo a Mongolito Flores). Otra cosa que se cuenta hasta el día de hoy es que un tal de San Ronán de Bretaña fue acusado por una mujer de ser hombre lobo y un rey le soltó los perros (los perros de verdad, no que el rey le echó el ojo porque le gustó el santo), entonces cuando los perros se le fueron al humo, él les hizo la señal de la cruz y éstos se calmaron y encima le lamieron los pies (no dije yo que ni locos atacarían a un hombre lobo). Y oigan ahora lo que le pasó a la acusadora: la pobre mujer fue tragada por la tierra. Ahí me pregunto yo, ¿al final, Dios es bueno o malo? Don Esteban hizo otra parada para aclarar la garganta y prosiguió: 

   Volviendo a San Francisco, debe pensarse que, después de su interminable errancia por el mundo (¡qué linda forma de vida, andar y andar, sin nunca trabajar y vivir de arriba! Así hasta yo quería haber sido él), al amansar al lobo de una ciudad italiana llamada Gubbio, por lo menos hizo algo bueno en la vida, pero no es bien así, porque también se cuenta sobre un malvado ladrón que apodaban de "Lobo", famoso salteador de caminos; y ese tal de "lobo", que además de amigo de lo ajeno también era un feroz asesino, junto con unos de su misma calaña, tenía su guarida en en un monte cercano a Gubbio. Y que, como ha de suponerse, no le gustó ni medio la llegada de los frailes que, como buena plaga que eran, también andaban por esos pagos. Según dicen, San Francisco se enteró de ello y allá fue a meter la cuchara, amenazándolo en su propia guarida, y hasta ahí llegó la actividad del bandolero, porque el santo, váyase a saber cómo, lo convenció a pasarse a su bando, el cristiano, entonces el bandido se comprometió a no molestar a los frailes ni a volver a delinquir y, ¡pasmen!, se hizo religioso (ah, ahí se entiende, es como cuando un país pasa del capitalismo al comunismo o viceversa, cambia el color de la bandera nada más). La cosa es que "lobo" ingresó a la Orden de los frailes con el nombre de Fray Agnelo, que le dio el mismo San Francisco, el amansador de lobos (¡qué tal, eh! un negocio redondo para el ex bandido). Pero san Francisco todavía iba a dar más que hablar por cuenta de un lobo. Resulta que había un lobo rabioso que asolada la ciudad amurallada de Gubbio, que de tan diabólica índole era que tanto mataba y comía animales como a hombres, por lo que los gubbianos siempre salían en partidas para cazarlo armados hasta los dientes y en compañía de sus perros, pero fracasando una y otra vez. Hasta que san Francisco entró en escena. Al enterarse sobre el feroz lobo, decidió salir a buscar a la fiera. Algunos habitantes lo siguieron a escondidas y fueron los que contaron lo sucedido entre él y el lobo feroz. Según esos testigos, no bien el lobo vio al santo se agazapó y se abalanzó contra él, de fauces abiertas y babeando de rabia, pero san Francisco le dio un parate haciéndole la señal de la cruz. En ese momento el lobo se contuvo y cerró el hocico, bajó la vista y caminó hacia él con la cola entre las piernas. Entonces el santo de Asís, mirándolo con pena, le acarició la cabeza y de este modo el animal escuchó el sermoneo; ventajoso para el lobo por cierto, porque podría vivir entre la gente, que lo sustentarían y lo cuidarían, siempre y cuando no volviera a hacerles ningún mal y, claro, el lobo que no tenía ni un pelo de estúpido, que por algo era lobo, aceptó encantado el acuerdo. Y ya en la ciudad amurallada, delante de todos los habitantes, el santo le dijo al lobo en latín (que por lo visto no era ningún lobo caído del catre porque hasta latín sabía) lo siguiente:

   "Ego te absolvo a peccatis tuis in nomini Patris et Fillis et Spiritus Sancti", que en seguida tradujo porque el gentío, que no era tan entendido como el lobo, no entendió un comino: "Yo te absuelvo de tus pecados en nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo", mientras el lobo seguía en la suya (¡también!, qué carajo le importaba que le adjudicaran pecados, si ni religioso ni mucho menos cristiano era, si de allí en adelante viviría en la mamata eterna). Y ahí acabó la disputa entre los habitantes de Gubbio y el lobo, que murió de viejo y gordo como un chancho, y todo gracias a San Francisco de Asís, que después de aquella aventura se tomó el piro, porque no era árbol para echar raíces en ningún lugar. 

  Luego de terminada la larga historia Don Esteban fue largamente ovacionado y aplaudido.

                                                                   Fin. 


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