La Senadora Cadáver: Diciembre

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Después de aquella primera y maravillosa noche con Virginia, y de que la distancia nos volviera a serparar,  regresamos a nuestros chats, a contarnos nuestras cosas, a rememorar esa noche y a buscar repetirla en cuanto fuera posible. Y pasaron las semanas, pasó Octubre y con él mi primer cumpleaños en esta relación clandestina y a la postre llena de mentiras, y pasó Noviembre, y con él mucho tiempo ya sin vernos, por lo que teníamos que buscar la ocasión de repetir en modo alguno, y se dio entrado Diciembre. Virginia dio con la ocasión casi perfecta, o más bien se le presentó y con lo cuca que es ella, no la desperdició. Dirás que yo tampoco, y por supuesto que no, nadie en mi lugar lo habría hecho, ni yo, ni tú, ni nadie. El caso es que aprovechó un viaje de "el padre de sus hijos", no recuerdo a donde, y vio el momento idóneo para que yo fuese a su casa, a su pueblo, uno pequeño de estos de no más de unos muy pocos centenares de Toledo, y allí fui, aunque no hubo noche que rememorar. 

Casualmente y sin haberlo buscado, nos volvímos a ver un 14, como en Septiembre. Cogí el segundo tren de la mañana que pasaba por su pueblo, así que me tocó madrugar. Antes de las 9 de la mañana ya estaba en la estación de Chamartín esperando poder entrar al tren y deseando que arrancase ya el tren, fue como alrededor de una hora de espera para verme partir y volver a verla, más hora y media de viaje que deseaba ver pasar como si fueran unos pocos minutos. No tenía muy claro a donde iba, nunca había estado allí y no sabía que me esperaba ni como se darían las cosas. La salida no pintaba muy bien ya que recuerdo que a la altura de Aranjuez había niebla, así que pensaba que aquel día iba a pasar más frío que un esquimal, pero aquella idea estaría muy lejos de la realidad.

Sobre las once llegué a la estación en la que lucía un sol radiante que se quedaría todo el día, allí me esperaba Dora, si recuerdas el capítulo anterior, te hablé de ella. Como ya nos habíamos visto en la noche de Madrid, se puede decir que entre nosotros el hielo ya estaba roto, por lo que la relación ya era más fluida, además de haber hablado por teléfono y chat en varias ocasiones. Dejámos la pequeña estación, que es de esas de pueblo que parecen abandonadas, y cogimos carretera arriba, andando, hasta el chalet donde entonces vivía Virginia. El chalet, como todo lo demás, no era suyo, era de sus padres, que en su día se administraron muy bien las pelas para en ese futuro ya entonces presente poder vivir bien su jubilación. El chalet, hecho de piedra grande y gris, era de dos plantas, con una buena rampa que le habían hecho en el exterior. En el interior un salón grande de techo alto que le hacía ser bastante frío en esa época y con una escalera que daba a la planta superior. La cocina, donde comeríamos, era alargada, no muy grande, con una mesa en el centro, y baldosines en las paredes del año de su abuela.

Al entrar, esta vez si, me recibió Virginia, no iba arreglada como la primera vez, estaba muy de andar por casa, en pijama, total la situación no daba para mucho, estaba con los niños, y en el fondo, aunque yo no lo sabía, yo le daba igual y ya le había dado lo suyo durante toda la noche, y en casa tenía quien se lo diese aunque aquel llevara unos cuernos por montera más grandes que él mismo. Hablamos, conocí a sus hijos, Sofía de entonces nueve años y Gregorio de 5 recién cumplidos, y a algunos miembros más de la familia que por allí pasaron fugazmente aquella mañana. Creo recordar que me tomé una cerveza, una que solo "el padre de sus hijos bebía", pues nadie más le daba al alpiste en esa casa salvo que fuera visita. Al rato llegaron unos sobrinos de ella, mayores que Sofía y Gregorio. Yo no dejaba de ser un extraño para ellos, un invasor en su espacio, pero como ya estaban acostumbrados a las idas y venidas de gente y a ir venir ellos mismos, y a tener gente aquí y allí, mi visita no fue muy agresiva. Comímos albondigas con tomate, si mal no recuerdo, fue hace mucho, y la verdad es que la comida casi que es lo de menos, hubo más cerveza y al acabar, café, juraría que hubo café. Todo muy de amigos, claro, allí solo Dora, Virginia y yo sabíamos lo que había pasado en su visita a Madrid, y lo que supuestamente eramos. 

Pasó la tarde, o más bien la sobremesa, y llegó la hora en que tenía que irme, pasó muy rápido para mi, demasiado, he de confesar que estaba agusto ahí, y no me quería ir, no quería volver a la rutina que en Madrid me esperaba, y al partir y tener que alejarme de ella, solo pensaba en volver, o que volviera ella, y que una cosa u otra se repitiera, quería más de lo que ella me daba, aunque no me diera nada, me tenía enganchado, era mi droga y como un yonqui, necesitaba una dosis más. A las siete, ya con noche cerrada, llegué a Madrid, Chamartín me esperaba, y Virginia muy lejos me quedaba, al menos la distancia se me antojaba enorme. La mezcla de sensaciones en mi era como de una tormenta en un día de sol, un sol que sin ella, se me quedaba difuso tras las nubes.

Se fue aquel día de Diciembre con mayor velocidad de la que llegó, pero dejándome otro buen recuerdo de ella y las ganas enormes de repetir más pronto que tarde.


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