La yeta (breve obra teatral en un acto)

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Título: La yeta

Personajes: 4

1. Rubén

2. Agustín

3. Jorgito

4. Rosario

Acto único

Escena 1

Comedor con muebles viejos. Sentados alrededor de la mesa están Rubén, el inquilino, y Agustín, propietario del inmueble que ha venido a cobrar el alquiler. En la mesa hay una botella plástica de gaseosa con jugo de limón y un vaso de vidrio con jugo delante de Agustín.

Rubén: (Negando con la cabeza) Ay, ay, ay, ¿qué tiempos difíciles? (Pausa. Agustín mira a Rubén y asiente levemente con la cabeza y la boca fruncida) Son los tiempos oscuros, mi querido Agustín, que han sobrepasado el umbral de esta humilde morada, y ahora, como bien puedes apreciar, estamos rodeados por la miseria más miserable (Pausa. Agustín mira alrededor con ojos desquiciados).

Rubén: Sino, pongamos de ejemplo esta limonada (Rubén señala la botella), de la cual, y no te saco la razón, solo has tomado un trago nada más (Pausa). Al ver tu rostro sufrido me acuerdo del mío, y no es para menos, caliente y ácida como está. Pero es lo hay, es lo que podemos (Pausa. Agustín mira el vaso con ojos achicados y un leve gesto de desagrado).

Rubén: Podría extenderme en el asunto, pero no quiero echarte a perder el día, que será feliz y productivo (Pausa, Agustín revolea los ojos).

Rubén: (Ladeando la cabeza hacia los lados) Yo sé, mi amigazo querido, que empezar el día con el pie izquierdo puede parecer el primer signo de una jornada fatal (Agustín asiente en silencio), pero !dónde está el espíritu patriótico!, ¡el optimismo en el futuro! Agustín, hay que tener fe, sino estamos perdidos (Pausa, Agustín mira para todos lados como si buscara algo).

Rubén: Créeme, Argentina saldrá a flote y entre todos, desde el más humilde campesino hasta el presidente, vamos a conseguir llevar adelante nuestra patria amada. Al final, recuerda lo que dice la Biblia: "ayúdate para que te pueda ayudar". Y Dios, que nunca se olvida del todo de ninguno de sus hijos, no dejará a su pueblo a la intemperie (Pausa. Agustín vuelve a mirar alrededor como buscando algo). Todo esto es una prueba, pero nosotros, todos juntos, vamos a mostrarle al señor (Rubén apunta con un dedo hacia arriba) que somos hijos dignos de Él. Y te digo más, somos argentinos, por lo tanto, peleamos hasta el final (Pausa. Agustín vuelve a mirar alrededor).

Rubén: Entretanto, esperemos que el próximo mes la cosa empiece a mejorar (Agustín amaga decir algo, pero Rubén prosigue). Pero ¿qué? No y no. No pienses en eso ahora, que es al pedo (Agustín arquea las cejas, agranda los ojos y apunta un dedo al pecho). Yo no digo que sea fácil, solo que tampoco es imposible, porque arreglar este despelote va a dar más trabajo del que le dio a Dios hacer el mundo, y mira que el tipo es grande. Y todo por qué (Pausa. Agustín vuelve a agrandar los ojos y arquear las cejas), porque en el mundo mandamos nosotros, los peores de todos los animales; y ahí mi amigo, la cosa se complica. Pero te prometo (Rubén lleva las manos al pecho y Agustín lo mira fijo), y tú sabes bien que para mí las promesas son deudas (Agustín balancea la cabeza), una cosa es deber algunos meses de alquiler, pero no pagar promesa, ¡ah, no! (Rubén niega con las manos), eso sí que no admito (Pausa. Agustín, mirando a Rubén, cuenta con los dedos y al llegar a diez se mira las palmas de las manos).

Rubén: Y, como siempre digo (Pausa): debo y no niego, pero pago cuando puedo (Agustín se hunde un poco en la silla). Pero (Rubén poniendo cara de sorpresa y encarando a Agustín), ¿qué...qué? No te desanimes, mi amigo, tenemos que tener fe. Mira (Pausa), no, mejor me quedo de pico cerrado. Como ya te dije, no quiero echarte a perder el día, que será maravilloso (Pausa. Agustín mira alrededor).

Rubén: Entonces, mi querido Agustín (Pausa. Rubén lleva una mano al mentón)... y pensar que apenas ayer eras Agustincito, que venía todos los meses a cobrar el alquiler de la mano de don Ricardo, que en paz descanse y Dios lo tenga en su regazo (Agustín mira hacia arriba). Es un decir, claro, pero no pensemos improbable tamaña empresa, al final, ciento treinta kilos no son nada para Dios, un par de kilitos de algodón aquí en la tierra para nosotros, mucho bulto y poco peso. Además (Agustín mira a Rubén), como acabo de decir, quién se ocupa de eso es el jefe de allá arriba (Rubén apunta hacia arriba) y Él todo lo puede, incluso con tu voluminoso padre, con todo respeto, ¿sí? (Pausa, Agustín vuelve a mirar al techo)

Rubén: (Llevando un dedo a la sien y mirando la mesa) Perdón Agustín, me perdí, seguramente por la emoción al recordar a tan entrañable amigo. ¿Dónde estaba?, ah, sí (Rubén chasquea los dedos de ambas manos), en el próximo mes (Agustín asiente con la cabeza). Bien, permíteme caer nuevamente en la melancolía Agustincito, que es como siempre serás para mí, esperemos el mes que viene con optimismo que, sin dudas alguna, saldrás de esta honesta casa con algo en los bolsillos (Agustín deja caer los hombros y mira el vaso).

Rubén se levanta y Agustín lo imita. Rubén se acerca a Agustín, le pone una mano en el hombro y lo encamina a la puerta de salida.

Rubén: (Abriendo la puerta y empujando levemente a Agustín hacia afuera) Hasta luego, mi querido amigo, adiós y nos vemos el mes que viene si Dios quiere (Agustín no dice nada, se da vuelta y se marcha con la cabeza gacha).

Rubén cierra rápidamente la puerta y hace un gesto despectivo con una mano.

Rubén: (Poniendo cara de enojado) ¡Qué carajo, che! ¡Qué tipo pesado! Por qué no se va al quinto de los infiernos ese infeliz parasitario, ese engomado acomodado, caradura sinvergüenza, insecto invertebrado, paria social, lacra, vudú. Pero (Cabeceando para todos lados) ¿dónde está Jorgito, eh?

Jorgito, hijo adolescente de Agustín, entra por otra puerta.

Rubén: Ah, estás ahí. Acércate y presta bastante atención (Jorgito se acerca), anda de una carrera al almacén de don Pedrito y juega cien pesos al 13 a la cabeza para el mediodía en la nacional y otros cien para la tarde, también en la nacional, ¿entendiste bien?

Jorgito: (Asintiendo con la cabeza) ¿Al mismo número, papá?

Rubén: (Extendiendo los brazos hacia los lados) Claro, burro, Dale y apúrate.

Jorgito corre a la puerta de salida y se va.

Rubén: (Llevando las manos a la cintura) Pero qué chico más boludo, nunca vi otro igual, ¿a quién habrá salido?

Rubén lleva las manos alrededor de la boca y llama a la sirvienta gritando su nombre.

Rubén: ¡Rosario!

Rosario entra por la otra puerta.

Rosario: (Secándose las manos en el delantal) Sí, patroncito.

Rubén; (Apuntando a la botella de limonada) Guarda esta limonada de mierda debajo de la pileta de la cocina para el mes que viene (Pausa. Rubén y Rosario miran hacia adelante), cuando vuelva a venir el pelotudo de Agustín a hinchar las pelotas con el maldito alquiler.

                                                                          Fin.


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