Mi amigo me hizo sentir lo que mi marido jamás logró (parte 2)

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Aclaro que: por el pudor de mi formación religiosa, ni siquiera a alguno de mis hermanos o algún familiar había visto así, sin camisa. Llamó mucho mi atención y aunque lo intenté: no pude dejar de mirar su cuerpo musculoso y bien marcado: sus cuadros del abdomen, su pecho partido y sus brazos tan fuertes y bien marcada su musculatura. Me sentí muy nerviosa. El sudor en su cuerpo lo hacía ver como si estuviera bañado en aceite de los que se usan en el spa.

Yo intenté mirar para otro lado, pero no pude, además quise decir algo, como para reclamarle de por qué se había desvestido sin pedirme permiso, pero no pude. Verdaderamente deseaba mirarlo y moría de deseos por tocarlo.

Él sabía que estábamos solos en mi casa y más que todo: por su cercanía con mi cuñado (esposo de mi hermana Ruth) sabía de mis diecisiete años sin tener contacto de ni siquiera un beso con nadie.

Marcelo, se aproximó hacia mí de manera atrevida y con mirada lujuriosa diciendo.

-¿Que pasa preciosa? ¿Hace cuento que no ves un hombre sin ropa?

-Con la voz entre cortada por los nervios de pensar en lo que podría suceder (y su cedió, es lo que les quiero narrar) solo dije: el último hombre que vi sin ropa, fue mi marido hace más de 19 años.

No sé cómo sucedió o en qué momento pasó, pero cuando me di cuenta, me tenía tomada de la mano y me dijo:

-Si vamos a pecar, que sea bien. Si estás nerviosa porque solo me ves sin camisa: ¿Cómo te pondrás cuando veas mi pene?, que, por cierto, muere de ganas por entrar en ti, por todos lados por donde te pueda penetrar.

Sin soltarme la mano y sin decir más, con la otra mano, me tomó de la nuca y me jaló hacia sí, me dio un beso en la boca al cual correspondí con mucho deseo y demasiada pasión. Fingí que lo rechazaba, para no pasar por una mujer fácil, pero a la vez le correspondí con muchísimo deseo.

No sé cuánto duró ese beso, pero tras más de 19 años sin hacerlo, no sé si de mi parte estuvo bien, lo cierto es que mi vagina estaba muy mojada, tanto que se sentía mucho la humedad de mi calzón.

Se apartó un poco de mí, dio dos pasos hacia atrás y con mucha habilidad se despojó (rápidamente) de toda la demás ropa y zapatos. Al bajar su pantalón: de una, se llevó también la trusa o quizá no traía, no lo sé; lo cierto es que cuando se levantó tras haber bajado su ropa y sacarla por los pies, su pene que estaba en una erección digamos a tres cuartos de fuerza, era enorme, o al menos a mí me pareció enorme.

Después de todo lo que pasó que les platicaré a detalle, con su cinta métrica de albañil le medí el pene en su máxima erección y es de 25 centímetros de largo y diez centímetros de circunferencia, su glande es más grueso aún. Digamos que para tener un encuentro sexual tras tantos años son ningún contacto: era el pene perfecto para mí.

Sin decir una sola palabra, como un rayo, me arrodillé ante él y comencé a besar y chupar su pene con mucha desesperación. Recordaba cómo hacerlo aunque sin práctica, solo trataba de imitar a alguna actriz porno de alguno de los tantos videos que veía en mi soledad.

Mi lengua jugaba con su glande mientras mis manos acariciaban sus testículos y piernas. No quería meter todo ese enorme pene a mi boca porque me provocaba sensación de vómito, esto por la falta de práctica, él solo se recostó de la pared y me dejó que yo disfrutara de ese pene tan perfecto como si fuera el último helado en el desierto.

No sé cuánto tiempo haya pasado así, lo cierto es que disfruté tanto ese maravilloso pene en mi boca hasta que sentí que mis cachetes y lengua estaban cansados por tanto succionar y por todo el movimiento. Tenía la boca muy cansada, pero deseaba beber esa leche calientita que ya comenzaba a gotear.

Sentí las palpitaciones de su pene dentro de mi boca; por lo que supe que ya venía. Derramó sus secreciones dentro de mi boca. No recordaba lo espeso del semen, me provocó sensación de ahogamiento y vómito, pero me tragué lo más que puede.
Cuando sentí que su pene se puso un poco flácido, lo saqué de mi boca y le di un besito en el ojito.

Me dijo:

-Para estar tantos años sin hacerlo, te has portado como toda una experta.

Me sentí muy avergonzada, algo en mí, me acusaba como pecadora. No quería levantarme, no me atrevía a alzar la mirada.

Dándose cuenta de mi situación emocional, con delicadeza y como todo un caballero: se agachó y me ayudó a levantarme. Mis piernas estaban entumidas por haber estado tanto rato arrodillada.

Sentía mucha vergüenza, no podía levantar la cara, pero al mismo tiempo no quería que eso terminara solo así. Me armé de valor y tomé una decisión (de la cual no me arrepiento). Sonreí con picardía e incliné mi cabeza hacia un lado para ofrecerle mi hermoso cuello (tan bellos por lo terso de mi delicada y muy bien cuidada piel). Sin más palabras, comenzó a besarme con delicadeza. Su lengua jugaba en todo mi cuello y mis oídos.

Hacia tanto tiempo que no sentía una sensación así que, me estremecí fuertemente con algunos gemidos, que más parecían gritos. Así estuve varios minutos hasta que tuve un orgasmo.

Como vio que mis piernas no dejaban de temblar, sin detenerse ni un segundo: me dio la media vuelta y comenzó a besar mi nuca, mientras lo hacía, metió sus manos bajo mi blusa y masajeó mis hermosos y firmes senos por encima del sostén. De una sola, me levantó la blusa y me la sacó por encima de los brazos.

Con mucha habilidad, sin dejar de besarme la nuca y parte de la espalda, desabotonó mi sostén (brasier) y, ahora sí, estando mis senos completamente a su entera disposición, me dio media vuelta nuevamente para esta vez quedar de frente. Como es más alto que yo, no podía comerse mis hermosos y perfectos senos, entonces, rápidamente quitó la cortina de la puerta del baño y la extendió en el piso, me hizo recostar sobre mi espalda y mientras me acomodaba, me sacó la falda junto con el calzón. Me dio mucho miedo, sentí mucha vergüenza, además: estaba muy nerviosa. Me sentía como si a esa edad fuera a ser mi primera vez.


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