El viajero Parte I

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PRIMERA PARTE: ALLÁ

El profesor Enrique Gaspar miró a su alrededor y sonrió emocionado. Lo había logrado. El viaje había sido un éxito.

Hizo descender la nave detrás de una de las colinas sobre las que se levantaba la gran ciudad.  No le preocupaba que alguien pudiera verle puesto que tenía puesto el escudo de invisibilidad.

Cuando la nave se posó en la superficie se cambió de ropa y bajó por la escalerilla hasta el suelo. Seguidamente hizo ascender la nave a unos veinte metros de altura; en ese lugar, esa altitud ya era más que segura para que nadie tropezara con ella.

Miró alrededor y empezó a caminar hacia la gran ciudad cercana. Pronto encontró una carretera empedrada que le llevaba directamente a ella. Unos minutos después se acercó a la entrada de un bosquecillo y vio un grupo de unas seis u ocho personas. Se acercó a ellas y se alegró cuando se dio cuenta de que entendía perfectamente todo lo que hablaban. Bueno, a lo mejor perfectamente no era la palabra indicada, había expresiones que se le escapaban y el acento se le hacía extraño, pero era capaz de seguir las conversaciones.

Cuando llegó a la altura del grupo se dio cuenta de que estaban rodeando a un par de personas que yacían malheridos en el suelo. No pudo llegar a observarlos porque la gente los tapaba, pero por lo que decían, eran un niño y un hombre que acababan de ser atacados. El hombre yacía boca abajo en un charco de sangre y no se movía. Muerto, pero el chico aún respiraba.

Una mujer del grupo se volvió de repente y le pidió ayuda. El profesor, aunque no era médico, sí poseía grandes conocimientos del campo de la medicina. Se acercó al muchacho y vio que le habían dado una puñalada en el pecho; no era mortal de necesidad pero se estaba desangrando muy rápidamente.

Se preguntó si aún había tiempo de salvarlo. Sí, podía cargarlo y llevarlo a la nave donde tenía instrumental médico y tal vez lograra detener la hemorragia. Sí, podía hacerlo. Pero esa acción tenía dos peligros: uno, que alguien le viera meter al chico en la nave, lo cual era muy peligroso por razones obvias. Y segunda y más importante, su plan de viaje, que él mismo se había impuesto, incluía una regla que le impedía actuar en casos como este. No debía actuar, no debía cambiar nada.

Era imposible. El muchacho le miró, no podía articular palabra alguna pero esa mirada… Se levantó y se alejó del grupo. La misma mujer que le había pedido ayuda le imploraba ahora, pero él, con gran pena, le dijo que no podía hacer nada.

-No soy médico, señora. Solo un simple comerciante –Se excusó-.No puedo hacer nada por él. Y finalmente se fue.

-Mierda…- Pensó. Sabía que el viaje era peligroso, pero no contaba con ver semejante escena. Y mucho menos nada más llegar.

Muy nervioso por el incidente siguió caminando, pero se detuvo un momento antes de entrar en la ciudad, cerró los ojos y respiró despacio. Al cabo de un momento, ya más calmado se dijo que había hecho lo correcto. En otras circunstancias podía haber salvado una vida, pero este no era su mundo. No podía y no debía realizar según qué tareas mientras estuviera ahí, y salvar vidas humanas era una de esas tareas.

Por fin logró entrar en la ciudad, había perdido un poco de tiempo por el camino pero todavía le quedaban unas cuantas horas para realizar la visita con la que tanto tiempo llevaba soñando.

En seguida se olvidó del incidente, gracias sobre todo a las maravillas que veía por todas partes. Grandes palacios, anchas avenidas y colosales estatuas, pero también le maravillaban las pequeñas cosas.

Lo que no hizo, por seguridad, fue hablar absolutamente con nadie, aunque sí se paraba a escuchar las conversaciones de la gente. Tampoco compró nada y por supuesto no comió ni bebió absolutamente nada de lo que por ahí se ofrecía. Para eso se había llevado un pequeño odre con agua y algo de comida en una bolsa que llevaba al hombro.

En una de esas conversaciones que escuchó se enteró de lo que había pasado aquella mañana en el bosquecillo. Por lo visto unos bandidos habían atacado a un joven señor y a un extranjero. Los dos habían acabado muriendo. El pobre muchacho no había logrado sobrevivir.

Se le pasó el tiempo sin darse cuenta, cuando de repente notó que una de las pulseras que llevaba le empezó a vibrar. Obviamente, esa no era solo una pulsera de adorno. Era una pieza metálica con un sistema muy sofisticado en su interior que, entre otras utilidades, le iba avisando del tiempo que iba transcurriendo. También le medía la temperatura corporal, el pulso y otras cosas que le ayudarían a sobrevivir en caso de peligro.

Volvió a salir por la misma puerta por la que había entrado y tomó el mismo sendero por el que había llegado. Pronto llegó a la entrada del bosquecillo y vio que en ese momento no había nadie, pero había dos charcos de sangre en el suelo. Mucha sangre, demasiada.

-No pude hacer nada por él –Se consoló. En fin, había vivido una experiencia bastante desagradable pero el resto del viaje había merecido la pena. El primer viaje había sido todo un éxito. Volvió al lugar donde había dejado su nave, la hizo descender y, asegurándose de que nadie le veía, penetró en ella. Vio que todo estaba en orden, la nave no había sufrido ningún desperfecto salvo un par de pájaros que se habían estrellado contra ella.

Volvió a ascender hasta la altura de seguridad e inició el viaje de vuelta. Introdujo las coordenadas en el ordenador y este inició la cuenta de 10 segundos.

-Adios, Roma –dijo, despidiéndose.- Hasta dentro de dos mil años. -Y de repente…¡Plop!

Había regresado.

Y empezaron los problemas… 


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