La Fuerza del Agua Capitulo 7 Zoya

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Pasaron en el mar casi un mes navegando hacia el oeste, durante ese tiempo a Zoya sólo la vieron Gerard, Valentino y una mujer muy arisca que nunca habló con ella más de dos palabras seguidas e iba a diario al lujoso camarote donde estaba confinada a curar los golpes y heridas que había sufrido en el tsunami. La alimentaban bien y desde ese primer encuentro con Gerard nadie la había vuelto a golpear, se pasaba las horas mirando por la gran ventana que tenía en su camarote, aunque sólo viera el mar le servía para evadirse. Desde que la golpeó Gerard no había vuelto a llorar, ni por sus padres ni por la situación en la que se encontraba. Por nada, le resultaba imposible, no era rebeldía ni ningún acto de desafío, simplemente era como si todo eso no le estuviera pasando a ella.

 

Hacía unos días habían pasado por lo que ella adivinó que seria el canal de Suez, ya que nadie le contaba nada. Navegaron dos días más y esa mañana había vuelto a ver tierra, se acercaban a un puerto, contemplaba el trajín del tráfico de barcos cuando la puerta de su camarote se abrió. Apareció Valentino junto a una persona que no conocía, el italiano la miró sonriendo y se sentó en su cama sin decir nada, su acompañante era un hombre con el pelo canoso y un gran bigote también blanco, tenía un rostro afable y la miraba con ternura. Llevaba una carpeta la cual dejó sobre la mesa del camarote, dispuso dos sillas una frente a la otra, se sentó en una y entonces miró a Zoya y sin decir nada señaló la otra con un gesto de la cabeza. Zoya había asistido a toda la escena en silencio, sin decir nada se levantó y se sentó frente a el.

 

-¿Cómo te llamas?- pregunto el hombre sin más. Zoya se dio cuenta en ese momento que aun nadie le había preguntado su nombre durante el viaje.

 

-Zoya.

 

El hombre lo anotó y a continuación preguntó

 

-¿Apellido?

 

-Kozlova

 

La respuesta provocó que el anciano levantara la vista de su cuaderno y la mirara con una ceja levantada, a continuación su mirada se dirigió a Valentino, éste se había puesto en pie con las manos en la cabeza, miró a la pequeña y casi le gritó

 

-¿Eres la hija de Aleksandr Kozlov?

 

Zoya se había asustado un poco al ver la reacción de los dos hombres y contestó tímidamente asintiendo con la cabeza.

 

Esta respuesta provocó que Valentino empezara a andar por todo el camarote soltando expresiones en italiano que la niña no entendía, el anciano, más dueño de sí, sacó un móvil de su bolsillo, marcó un número y dijo hablando en corso.

 

-Gerard, ha habido una novedad que debes conocer, tenemos que hablar.

 

Los tres quedaron en silencio y al cabo de unos minutos entró en el camarote el francés que sonrió a la pequeña en cuanto la vio con esa sonrisa que a Zoya le revolvía el estomago.

 

-¿Qué ocurre?- Preguntó mientras acariciaba la cabeza de la chica.

 

-¿Que qué ocurre?- contestó en italiano Valentino que estaba fuera de sí -¡ocurre que hemos tenido como “invitada” todo este tiempo a la hija del gran Aleksandr Kozlov!- y se quedó mirando con los ojos desorbitados al corso.

 

Éste quito inmediatamente, como por instinto, la mano que acariciaba a Zoya, el anciano, que observaba la escena en silencio se decidió a intervenir.

 

-Vamos a serenarnos caballeros, por lo que yo entiendo, y si lo piensan fríamente la identidad de la muchacha no cambia nada la situación- miro a los dos hombres y comprobó que tenia su atención- el tiempo de pedir un rescate ha pasado, ya que les ha visto a todos y ha oído sus nombres además de infinita información por lo que, aunque consiguieran cobrar dicho rescate nos dibujaría a todos una diana en la cabeza.- calló unos segundos esperando que interviniera alguno de los dos, ante su silencio prosiguió. –Por otro lado, ante la muerte confirmada tanto del señor Aleksandr como de la madre de la chica no sabríamos muy bien a quien dirigirnos ni con quien tratar.

 

Zoya estaba entendiendo más o menos las palabras del anciano y la noticia de la confirmación de la muerte de sus padres la sumió en un estado de catatonia que le impidió seguir el hilo de la discusión que tuvieron los tres hombres sobre su futuro, lo siguiente que recordó fue tener delante de ella a Valentino.

 

-Escúchame pequeña- le dijo cogiéndola por los hombros y sacudiéndola- escúchame y métetelo bien en la cabeza por que te va a ir la vida en ello.- la miraba con furia. –Nunca, acabes donde acabes, bajo ninguna circunstancia reveles a nadie tu verdadera identidad, a partir de hoy y hasta que tu nuevo dueño te ponga el nombre que quiera serás María.

 

Zoya asentía casi sin darse cuenta, su mente estaba en otra parte, fuera de allí, fuera de ella. Más tarde tuvo conciencia de que el hombre del pelo blanco la había desnudado y medido casi todas las partes de su cuerpo, la había pesado, le saco sangre en unos tubos que guardo en una bolsa térmica. Le hizo infinidad de preguntas que ella respondió mecánicamente, finalmente le hizo varias fotografías vestida y sin ropa en diferentes posturas, lo guardó todo en una carpeta, se levantó y dedicándole una sonrisa se giró y se fue junto con Valentino y Gerard, que habían permanecido en silencio observando el proceso. Se despidió de ella con la frase.

 

-Nos vemos en Marsella.

 

Zoya, ya a solas en su camarote, permaneció un rato sentada junto a la mesa, en silencio. Seguía siendo incapaz de llorar pero la noticia que acababa de oír le había formado un nudo en la garganta que casi no la dejaba respirar. Se quedó mirando el vaso que había sobre la mesa y éste empezó a emborronarse, lo veía desenfocado y se dio cuenta que tenía los ojos llenos de lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas, lentamente, sin ser plenamente consciente de ser ella quien tomó la decisión, como viéndose desde fuera, cogió el vaso con sus manos y lo dejó caer al suelo, buscó el trozo mas grande de cristal, lo cogió y lo apretó contra su muñeca, hizo acopio de fuerzas para rasgarse la piel pero la voz de su babushka Inna le suplicaba en su cabeza que se detuviera, que luchara, le temblaba la mano que sujetaba el cristal, un hilillo de sangre rodaba por la palma de su mano hacia el suelo cuando el nudo de su garganta se deshizo y un grito gutural salió de ella y por fin pudo llorar, tiró el trozo de cristal lejos de ella y cogió con las manos el colgante de oro que la iaia Inna le había regalado al cumplir los 8 años. Así se quedó dormida en un rincón de su camarote.


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