LOS HOMBRES DE UN CLUB 1

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Amadeo Vilalta era un tímido joven de veinticinco años que el médico de familia le había recomendado hacer ejercicio físico para solventar aquel defecto anímico. Así que en un caluroso día verano de los años 80 del siglo pasado él se hizo socio en el emblemático Club de Natación de Barcelona que estaba ubicado en el popular barrio pescador la Barceloneta donde había una gran piscina cubierta en la que se celebraban los campeonatos de Walter-polo, junto  a la cual se hallaba un gimnasio con todo lo necesario para el sano desenvolvimiento del cuerpo. El recién llegado se dirigió a dicho recinto y tras hacer durante media hora un poco de gimnasia, se desplazó en bañador pero cubierto con un albornz a un gran recinto al aire libre desde el que se divisaba la playa y la azulada franja del mar en el que había unos frontones y una larga piscina rectangular con una agua cristalina de un color verde esmeralda que manaba generosamente por una abertura que había en un extremo de la misma.

Como hacía un tórrido y sofocante sol Amadeo se dispuso a darse un chapuzón; mas en aquel momento un socio del Club que era un hombre relativamente joven le reconvino:

- La ducha... Primero es conveniente que te duches, porque sino encontrarás el agua demasiado helada.

Amadeo hizo caso del consejo y poco después ya estaba nadando en aquella piscina en la que efectivamente el frío líquido estremeció su cuerpo, aunque de un modo muy tonificante. Cuando hubo terminado fue a tumbase en una de las hamacas de madera para tomar el sol, al lado de un grupo de sujetos que hablaban animadamente; y al poco se le acercó el socio que le había instado a que se duchara y con una sonrisa le dijo:

- Tú eres nuevo ¿verdad?

- Sí... - respondió Amadeo.

- Pues verás. Aquí cada uno va a la suya, y si quieres hacer amistades tendrás que esperar unos meses, o quizás años a que los demás socios se acostumbren a verte para que te cojan confianza. Sabrás que el catalán es muy introvertido y le cuesta bastante intimar con quien sea - continuó el hombre-. No obstante el ambiente de este Club es muy liberal porque aquí no cuentan para nada las jerarquías, y como todos somos amantes del clima mediterráneo y del mar, esto nos hace iguales. Aquí hay políticos, periodistas, actores de cine y de teatro, hombres de negocios, y muchos médicos de todas especialidades; y todos se respetan entre sí.

- ¿Y mujeres? ¿No hay mujeres? - inquirió Amadeo.

- Hay algunas nadadoras... Pero por favor, que no vengan ellas aquí - dijo el bañista con reticiencia-. Si empiezan a venir mujeres yo me borro del Club porque se dedicarían a criticar y a censurar nuestros desarrapados  bañadores, así como nuestras conversaciones o a las tonterías que decimos que tanto nos hacen reír.

Entonces Amadeo vio que en aquel grupo de bañistas se agregó un tipo que tenía una prominente barriga y era patizambo, el cual de un modo apremiante se dirigió a un socio de mediana edad y le espetó:

-¡Juanito, Juanito...! Me han dicho que tú tienes la llave del apartamento ¿verdad que sí?

- Pues sí. ¿Por qué? - quiso saber el tal Juanito.

- Es que me la deberías de dejar, porque anteayer conocí a una mujer en un PUB que está buenísima y me gustaría llevarla a nuestro "picadero".

Por lo visto entre todos los miembros de aquel grupo habían alquilado un apartamento en un barrio perdido de la ciudad donde solían llevar a sus ligues ocasionales. Pues una cosa era la vida oficial, y otra la heterodoxa vida que les confería la ilusión de libertad, y que lejos de no amar a sus respectivas esposas ellos la practicaban amparándose en una vieja tradición masculina que venía desde la Segunda República del siglo XX, dando lugar a que muchos de aquellos socios consideraban que quien no tuviese una amante, era un pusilánime, un pobre hombre.

-¡Ah! ¡No me lo puedo creer con lo feo que tú eres! ¡jajaja! - bromeó Juanito-. Pero sí, hombre. No te preocupes que ya te la dejaré. Pero no me la pierdas ¿eh?

Cuando Amadeo ya salía de aquel  Club para dirigirse a su casa, se cruzó con el socio que le había dirigido la palabra.

-  Hola de nuevo. Me llamo Fernando. ¿Y tú? - se presentó al fin él.

- Amadeo. En verdad que nunca he visto una piscina tan estupenda como la de este sitio.

- Ya ves. ¿A qué te dedicas si se puede saber? Yo soy cardiologo y trabajo en el Hospital San Pablo.

- Me dedico al negocio familiar que es una joyería en el Poble Sec.

- ¿Y tienes novia?

- Oh, no. Me gusta la independencia y no pienso liarme con nadie; aunque sí tengo amigas - confesó Amadeo esta vez muy seguro de sí mismo. Sin embargo el joven ignoraba que en aquella institución había otros tantos socios de su misma edad que eran tan autosuficientes como él.

Cuando el cardiólogo llegó a su hogar presintió que se le avecinaba una tormenta familiar.

Su esposa Aurora que era una dama que a pesar de haber cumplido sus cuarenta y tantos años no había dejado de ser una belleza excepcional ya que era mujer alta, morena cuyo físico recordaba a una actriz de cine, en ausencia de su marido se había dedicado a limpiar su desordenado despacho cuando casualmente reparó en su agenda particular y llevada por un instinto de curiosidad se puso a hojearla, y de súbito dio un respingo porque vio anotados unos números de teléfono de unas féminas con sus extravagantes nombres tales como Ingrid, Biriggitte, Vanesa... por lo que enseguida se apercibió que eran mujeres de "vida alegre" que bien podían ser tanto de profesionales como de amateurs.

                                                                    CONTINÚA


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