AMA LO QUE ERES

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No acabé de entender lo que había sucedido hasta que entendí que no había nada en lo sucedido que fuera resultado de un largo desarrollo romántico. En mi caso resultaba difícil ser el objeto de una ilusión amorosa.

Simplemente entré y me senté a la barra de aquel café. Él se hallaba sentado al otro extremo de la hilera de taburetes de enea. Sólo hubo una mirada, él salió primero y yo detrás de él. Me esperaba.

Por el camino a su coche me preguntó mi nombre. No hubo más datos, no hubo más preliminares.

Las horas de la tarde las había dedicado a depilarme minuciosamente, desnuda, ante el espejo. Me había puesto una combinación de encaje de un color violeta que destacaba sobre la blancura de mis carnes y me vestí con un sencillo vestido vaporoso.

Llegamos a mi casa, entramos a mi dormitorio. Las ventanas estaban abiertas y en aquella hora de la noche soplaba una brisa fresca y húmeda. De vez en cuando se oía el paso de algún grupo de personas por la calle.

Dejé caer mi vestido junto a la cama y me recosté, mientras él se desabrochaba y sacaba a la luz su gran pene brillante. Estábamos cara a cara, iluminados por la lamparilla de una mesita desvencijada que hacía las veces de mesita de noche. Sentía su respiración fuerte, el pulso que recorría sus sienes, su cuello.

Le dije: - Por detrás. Me giré y me apoyé sobre la almohada, él empezó a meterme su gran polla por el ano, empujando con fuerza mientras yo gemía de dolor y placer.

Sentía un ardor que invadía mi vientre, la cabeza como si fuera a estallarme.

En aquel momento, no sé por qué lo hizo, quiso estirarme de mi cabello para acercar mi rostro al suyo. Mi peluca se le quedó entre las manos. Pude ver la expresión de sus ojos, brillantes, en la oscuridad… mientras seguía penetrándome. Cuando terminó de hacerlo se dejó caer a mi lado, extenuado. Entonces, suavemente, lavé su pene con una esponja y cuando terminé de hacerlo fui besando su glande, poco a poco, hasta que hube metido toda su poya en mi boca. Fui mamando, como el ternero que se alimenta de su madre, hasta que como un alimento deseado sentí su eyaculación sobre mi lengua, salpicando mi garganta.

Mientras tanto él agarraba mi pene, y me masturbaba con la misma fuerza con la que me había penetrado.

Nunca nos volvimos a ver. Nunca supe quién era. Yo seguí con mi doble vida de hombre público y mujer en la intimidad.


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