Érase una vez en Rebis. Capítulo 16. ¡Atentado!

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Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm… El patinador cogía aire por la nariz y lo expulsaba por la boca, acompasando la respiración a la fluida cadencia del movimiento. Realizaba giros cerrados en torno a los peatones que se cruzaban en su camino, el cuerpo encogido para oponer la menor resistencia, generando una corriente de aire multicolor que provocaba alguna que otra maldición entre los indignados obstáculos que quedaban rápidamente atrás.

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Los patines de colchón de aire le proporcionaban una forma rápida de desplazamiento, el coeficiente de rozamiento cercano al cero absoluto. Éstos, unidos al equipo deportivo que vestía –rojo, amarillo y azul para el mono de tela elástica y casco negro con lentes integradas oscuras–, eran el camuflaje perfecto. Nadie sospecharía de un deportista por muchas veces que recorriera la calle y, además, le aseguraba una huida rápida.

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ignacio Caneca tenía fama sobradamente demostrada de alcohólico, pero cuando se trataba de su trabajo como asesino a sueldo, «limpiador» en el argot del despiadado mundo en el que se movía, era el profesional más eficaz que se podía contratar, apagado el ansia etílica desde el mismo día del encargo a base de fuerza de voluntad y vasos de leche bien fresca.

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. En breve debía ver al muchacho. En una calle peatonal sin ningún vehículo que hiciera de pantalla, un grupo de jóvenes cadetes embutidos en sus flamantes uniformes naranja sobre negro no iban a pasar desapercibidos, aunque pudiera darse el caso de que se hallaran en el interior de alguna tienda. No le preocupaba. Su cliente le había conseguido una hora para llevar a cabo la misión, tiempo más que suficiente para recorrer varias veces la calle hasta dar con él.

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. ¡Allí estaba! Ahora sólo quedaba establecer el «contacto». Se llevó la diestra al hombro izquierdo y de un pequeño bolsillo sacó una aguja hipodérmica plateada que mantuvo firmemente agarrada mientras aumentaba la aceleración de la carrera, corrigiendo a cada nuevo impulso la leve descompensación que le provocaba la mano cerrada.

Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm…  Le daría un pequeño empujón, algo del tipo «Perdona, no era mi intención. ¡Qué torpeza la mía!», y para entonces, disimulado el pinchazo con el dolor del golpe, ya estaría actuando el veneno en el cuerpo del chaval, transportado rápidamente por el bombeo imparable del corazón hasta que éste sucumbiera quince minutos después, sin dolor, sólo una leve destemplanza anunciando el final, muerte que el limpiador firmaría para sí mismo en ese preciso momento. Con una nueva muesca marcaría la culata del Colt Navy 1851 de colección que colgaba de una de las paredes de su dormitorio, y la sustanciosa compensación económica obtenida por tan eficiente trabajo pasaría a engrosar su plan de jubilación contratado en cierto paraíso fiscal terrestre.

Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm…

 

*        *        *

 

Era bueno disfrutar de una hora libre a costa de un profesor enfermo. César caminaba animado, disfrutando de la cálida compañía de su recién estrenada novia, de la que no se separaba para chanza del resto de compañeros –«Agapornis» los llamaban a voz en grito–, aunque de vez en cuando su mente lo trasladaba a la reunión que para aquella tarde lo citara Samuel Faro. Era incapaz de recordar lo que podía haber hecho para merecer la atención del teniente, y eso lo intranquilizaba, por mucho que Julia hubiera alegado hasta la saciedad que, de tratarse de un castigo, habría sido informado al momento; el ejército no se andaba con tonterías cuando se trataba de mantener la disciplina. A esas alturas del día, la joven ya había desistido en restarle importancia al asunto y así, cada vez que César sacaba a relucir el tema, la chica resoplaba aburrida y cambiaba cortante de tema. Lo único que César podía hacer entonces era guardarse para sí las funestas visiones con las que lo torturaba su perversa imaginación y buscar el olvido en las intrascendentes conversaciones de sus compañeros.

De forma imprevista, César sintió cómo alguien lo empujaba violentamente hacia delante, arrastrando en su caída a todos sus compañeros de pentágono. Una punzada de dolor le taladró la pierna izquierda allí donde un transeúnte, un deportista por sus llamativas ropas, tropezó al intentar esquivar en vano la montaña humana que se había materializado ante él, siendo proyectado por encima del montón gimoteante para caer cuan largo era sobre el brazo derecho, que quedó atrapado bajo su cuerpo en una postura forzada. Apoyándose en la masa que lo envolvía, sin atender a los quejidos que sus intentos por enderezarse provocaban, a duras penas César pudo incorporarse con la única idea de socorrer al deportista, que se había llevado la peor parte en la caída, pero éste hizo caso omiso a sus buenas intenciones, se levantó con esfuerzo e inició una lenta carrera sin mirar atrás.

–Si se larga es que está bien –gruñó Ben desde el suelo–. ¿Puedes ayudar a los que verdaderamente se encuentran en apuros?

Ya había algunos curiosos que ayudaban a desenredar la madeja de cuerpos entrelazados, y al poco estaban otra vez en pie, sacudiéndose el polvo de los uniformes y lanzando miradas asesinas a César, que se deshacía en disculpas notablemente azorado.

–¿Qué ha ocurrido? –le preguntó Julia con evidente preocupación. El pentágono había puesto rumbo a la escuela y la chica cerraba la marcha junto a César para poder hablar con tranquilidad.

–No me vas a creer.

–Inténtalo.

–Está bien. Sentí como si alguien me empujara… Una mujer.

–¿Una mujer? –preguntó suspicaz, ofendida la naturaleza femenina oculta bajo el soldado–. César, tus hormonas descontroladas te están haciendo ver tetas donde no las hay.

–Ella me habló –dijo muy serio el chico, absorto en sus recuerdos–. Y me advertía de un peligro…

 

*        *        *

 

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm. El brazo derecho le colgaba inerte, dislocado el hombro a causa de la caída. La tela rasgada por el encontronazo dejaba al aire sus rodillas ensangrentadas, e igualmente desolladas tenía las palmas de las manos y el lado derecho de la cara, donde un par de dientes bailaban entre ríos de saliva rojiza que caían, para sorpresa y escándalo de los transeúntes, en gruesos goterones que manchaban su pecho estampado. Pero nada de eso le importaba, ni siquiera la inflamación que poco a poco le cerraba el ojo de la zona afectada; su atención se centraba en la rémora plateada que le colgaba del estómago y que se balanceaba con cada nuevo impulso que lo alejaba más y más de la calle peatonal, desgarrando la carne. Teniendo en cuenta que el esfuerzo físico no hacía más que aumentar el ritmo sanguíneo, en menos de quince minutos la muerte le alcanzaría tras una leve destemplanza, y pasaría a ser una muesca más en el viejo palo de la guadaña inmisericorde.

Otro limpiador se encargaría del objetivo. Como compensación por su falta de profesionalidad, debía borrar todo rastro que pudiera poner al chico sobre aviso; su cuerpo no debía ser objeto de una autopsia que provocara la curiosidad de la policía rebisiana. Recordaba un vertedero de desperdicios cercano y en él una trituradora. Lástima que no hubiera tiempo para una última copa.

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm…

 

B.A.: 2.017


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