Araranguá

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Roberto y yo terminamos los últimos chinelas de cuerda y fuimos a la terminal donde tomamos el ómnibus a Araranguá. Cuando llegamos a la ciudad tomamos un ómnibus local hasta la playa de Morro dos Conventos, pero apenas extendimos el paño en la vereda un aguacero nos obligó a levantar todo y corrimos al abrigo del toldo de una panadería, cruzando la calle. La lluvia se extendió hasta el oscurecer, el hambre apretaba, entonces hablamos con la chica que atendía la panadería y le cambiamos un par de chinelas por pan y mortadela. Más tarde, cuando la lluvia paró por un momento, salimos con los bolsones a cuesta buscando un refugio más apropiado para pasar la noche. Encontramos una casa de playa, de madera, al lado de un edificio y nos acomodamos en el porch. Notamos que el sereno del edificio se asomó para echarnos una mirada y nos dijimos que de un momento a otro aparecería la policía. Y dicho y hecho, al rato paró un patrullero con dos policías, pero después de escuchar nuestra historia se marcharon recomendándonos que no hiciéramos nada raro; antes de irse le regalamos dos pares de chinelas para sus esposas. Después de un rato, la lluvia volvió y nos tiramos a dormir. Antes del amanecer nos despertamos, había parado de llover y el cielo estrellado nos confirmó un buen día para las ventas. Roberto se desperezó y apoyó la espalda en la puerta y de pronto lo vi desaparecer. La puerta estaba abierta y Roberto había caído dentro, sin tiempo a decir nada. Nos sorprendimos que estuviera sin llave y barajamos varias hipótesis, pero lo más probable era que los dueños se habían olvidado de pasarle llave; y ya que estábamos ahí, saqueamos algunas cosas (una ducha eléctrica y algunos cubiertos hasta donde recuerdo) y en seguida fuimos a la playa. Para la tarde habíamos vendido casi todos los chinelas. Por la noche y ya en la terminal, sacamos pasaje para nuestra ciudad,Tubarão, y nos sentamos a esperar. De pronto apareció un maluco, dijo que era de Criciúma y nos pusimos a conversar y, claro, aprovechamos para quejarnos que a pesar de vender casi todos los chinelas no teníamos nada para fumar. El maluco miró hacia un lado y vio que la lanchonete estaba cerrada, entonces sacó un paquete de Minister y nos ofreció cigarrillos, pero nosotros no nos referíamos a fumar "eso". 

   "Ah, bom, dijo, se querem também tenho do outro". La salvación del vacío que nos habitaba la mente estaba en sus manos. Fuimos hasta el puente colgante sobre el río Araranguá, cerca de la terminal, y fumamos un churrazo; después antes de irse, porque su ómnibus acababa de llegar, nos dejó la mitad del churrazo y un buen pedazo a cambio de dos chinelas, uno para su esposa y otro para su hija. 

   Cuando volvimos a la terminal nos pusimos cómodos, todavía faltaban unos cuarenta minutos para nuestro ómnibus; Roberto se acostó en un banco, dijo que tenía sueño. Yo le recordé que hasta hacía un rato nos lamentábamos porque no teníamos nada para fumar y, sin embargo, ahora que tenía la cabeza hecha se acostaba a dormir desperdiciando el flash; pero estaría realmente cansado porque no me dio bola. Habrían pasado unos veinte minutos cuando pasó corriendo un negro delante nuestro y me tiró un paquete, grande como un buen pedazo de dulce de batata. "Pega aí", dijo y se perdió entre los pasillos. Olí el paquete (¡qué perfume!), lo puse debajo de las piernas y me quedé sonriendo (si el negro volvía a rescatar el paquete tendría que darme algo, sino... tanto mejor). En seguida sentí un tropel por donde había aparecido el negro, eran dos policías, se detuvieron delante de mí y me preguntaron para dónde había seguido el negro, "pra lá", les dije, indicándoles otra dirección, y allá fueron los policías, lejos del negro. En seguida desperté a Roberto, le conté lo sucedido y fuimos a escondernos entre la arboleda de la plaza, enfrente de la terminal, cosa que si el negro volvía por el paquete no nos encontrara, pero el negro no volvió. Al rato llegó el ómnibus, corrimos y nos subimos rápidamente, locos de contentos. 

                                                                              Fin. 


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